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Galicia espallada

Unha recolleita da cultura galega

Literatura, historia, arte, música, gastronomía, galeguismo, tradicións, lendas, costumes, emigración

Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

POR EL CAMINO PORTUGUÉS

por Teresa MÁRQUEZ SANMARTÍN

Camino portugués


Desde que comencé con mis preparativos de retorno a España iba tomando forma la idea de volver al camino, idea por supuesto que siempre estaba presente desde mi primer peregrinaje, pero no estaba segura cuando sería. Así, el retorno me dio la posibilidad de concretarla.
Llegué a esta tierra en otoño, octubre del 2002, los dos primeros meses los necesité para ese proceso de adaptación que por cierto trae sus movilizaciones intentando armar el corazón partido, propiedad de todos los inmigrantes y retornados con un caudal de energía y de proyectos llenos de buena voluntad y buenos sentimientos. 
Luego de los dos primeros meses, decido recibir el nuevo año en Galicia, con mi familia paterna, nunca había pasado unas fiestas con ellos (otro sueño cumplido) y caminar algunos kilómetros a Santiago. Lo quería y lo necesitaba. Lo necesitaba para ordenar mis pensamientos y mis emociones. 
Los últimos meses, en Argentina, habían sido devastadores, las despedidas de los amores que quedaban, los trámites, la mudanza, las elecciones, qué dejar, qué traer, qué poner en la mochila para este camino.
En el nuevo hogar; los nuevos conocidos, los nuevos paisajes, los nuevos códigos, las nuevas formas de insertarme en lo laboral. ¡Cuántos cambios! 
Llego a Pontevedra en la madrugada del 27 de diciembre del 2002. El día amanecía que daba miedo, frío, lluvia y viento, en contraste con la calidez de mi familia que me esperaba. Cuando les cuento que caminaré a Santiago me miran asombrados y preocupados ¿con este tiempo? ¡ Tú estas loca! Dicen. Les contesto que un poco de Camiño Xacobeo portugués locura siempre es bueno, porque nos permite hacer cosas que estando cuerdos no haríamos. Y de eso se trata, matizar la vida con esporádicas locuras, porque en esos estados, creo que aflora nuestra verdadera esencia, libre de prejuicios y de corazas, claro que para ello hace falta cierta cuota de coraje y en general esa dosis de audacia escasea, por lo menos en mi caso. 
Continúo tranquilizándolos diciendo que saldría el sol cuando comenzara a caminar y si el tiempo no me acompaña no dudaría en tomar un autobús. 
Quería salir al otro día. Paso por el albergue de peregrinos de Pontevedra para pedir información, aunque ya alguna llevaba de Valencia. Precioso albergue, ubicado al lado de la estación de trenes.
Ya en casa de mi tía, mi primo Luis, que practica senderismo, montañismo y no sé qué cosas más, comienza a sacar todo su equipo para prestarme, yo sabiendo eso sólo lleve mis botas. Me da la mochila, gorro, guantes, buzo (sudadera) y saco (bolsa) de dormir, sólo por ella lo recordaré toda mi vida, abrigadísima pero ¡pesaba dos kilos y medio! Y lo peor, para no usarla.
En mi camino anterior, aunque llevaba casi lo imprescindible, juré que en el próximo sólo llevaría lo puesto y eso hice, además eran muy pocos kilómetros, sólo que ese saco de dormir pesaba 10 kilos más a cada paso. Y pensé en la vida, aunque se intente caminar lo más liviano posible, generalmente siempre hay un gran peso que nos acompaña. ¿A quién no?
Seguimos con los preparativos y llegamos a los trajes de lluvia, había varios para elegir, pero unos me quedaban muy grandes, otros eran demasiado coloridos y por fin trae el último que le había regalado un amigo que está en la milicia. No hubo mas remedio, me quedé con ese, aunque me molestaba un poco, me daba picazón, sería porque soy amante de la Paz y los militares están entre otras cosas, educados para la guerra y la guerra es oscuridad y muerte. Pero a veces es bueno vestirse con otros ropajes y observar si aparecen aspectos desconocidos de nosotros mismos. Ya verán la foto, parezco una guerrillera, pero aspiro a pertenecer al escuadrón de los guerreros de la luz, que luchan y sueñan por un mundo mejor.
Todo listo, me fui a dormir, pendiente toda la noche que la tormenta cesara. Me desperté a la madrugada, me asomé a la ventana para mirar el cielo, había dejado de llover y estaba todo estrellado. No hay motivo de arrepentimiento, pensé, el camino me espera. 
Mi prima María del Carmen se levantó a prepararme el desayuno, los bocadillos y para desearme buen camino. !Qué bueno es sentir esas demostraciones de afecto! 
Salí de mi hogar gallego a las 8 hs. No había amanecido aún, hacia frío. Una imagen distinta de Pontevedra, ya que sólo la conocía en verano.
Camiño portugués El camino portugués en Galicia entra por la ciudad fronteriza de Tui, atraviesa Redondela, Pontevedra y Padrón. En Pontevedra pasa por el centro de la ciudad, a dos calles de donde estaba parando y justo por la puerta de la  Iglesia de La Peregrina. Una Iglesia muy peculiar, con forma de concha de viera, de estilo barroco, construida en el siglo XVIII por el arquitecto Arturo Souto. Pontevedra se caracteriza por tener uno de los conjuntos históricos-artísticos más bellos de Galicia. Su museo cuenta con una valiosa colección de orfebrería prerromana y la sala de azabaches compostelanos, una de las mejores de España. Desde allí los mismos baldosones de la calle van marcando el camino hasta la salida de la ciudad, tienen una lucecita en el centro, para guiar al peregrino en la oscuridad. 
Comienzo a andar, Poca gente en las calles, estábamos en vacaciones de invierno, además era sábado 28, día de los Santos Inocentes. 
El día comenzaba a aclarar lentamente, el cielo estrellado que había visto por la ventana se estaba cubriendo de nubes y por momentos el sol aparecía y desaparecía como jugando a las escondidas entre ellas.
Continúo con mi paso firme, como un soldado. No hay nada que hacer " El hábito hace al monje". De bastón un paraguas. Sigo las señales, va quedando atrás la ciudad y las casas se van espaciando y sus habitantes durmiendo, solo los perros con sus ladridos daban cuenta de mi presencia. Disfrutaba de ese caminar por mi terruño, mi Pontevedra, donde nací.
¡Qué bello momento! Como lo son todos los inicios, cargados de entusiasmo, esperanza y expectativas. Intentaba no pensar, sólo percibir las sensaciones que mis sentidos podían captar. El olor a hierba mojada, a campo, el arco iris dibujándose en el cielo, la magia que produce la mezcla de lo nuevo y lo viejo. La carretera a lo lejos y los gallos cantando muy cerca.
De pronto escucho: ¡ Buen Camino! (Saludo típico al peregrino) era un peregrino portugués que se estaba afeitando en esos piletones grandes que hay en todos los pueblos y donde antiguamente las mujeres lavaban la ropa. Entablamos una conversación, que no tardé en concluir. No reproduciré todo su discurso, me dio la sensación de que era un peregrino errante, pero resentido y en busca de los errores del camino, mas que de los propios. De todas maneras le agradezco algunos de sus consejos. Me dice que más adelante está inundado por tantas lluvias, que no intente seguir, sino tomar la carretera unos kilómetros para retomar más adelante el camino original. Pero mi curiosidad y mi tozudez me llevan a intentarlo como siempre. Cuántos kilómetros me hubiera ahorrado en la vida, si hubiera sabido escuchar algunos consejos. Pareciera que la vida es como la escuela, sino se aprende hay que repetir.
Continúo la marcha en soledad, soledad física, ya que comienzan a aparecer todos mis queridos ¡estaban todos tan lejos y tan cerca! Tan desparramados por el mundo pero todos juntos en mi corazón. Me acuerdo de Marina, quien me inicia en el camino del Yoga, cuando me decía que en sus caminos de soledad, la fuerza la encontraba en la repetición de mantrans, palabras hindúes con gran contenido espiritual. Y así entre mantrans y rezos iba dejando mi huella en este nuevo camino.
Llego al punto donde debo decidir por dónde continuar, me arriesgo, sigo por el camino que estaba inundado. Me encuentro con ramas que cortan el paso, quizás las pusieron para advertir. Sorteo el obstáculo por el costado, donde era menos difícil el paso. Me lastimo un poco la mano izquierda y casi me caigo de cabeza hacia el otro lado, no conté con el peso de la mochila y las ramas mojadas que se rompían apenas me apoyaba. Debo Camiño portugués reconocer que si algo bueno tengo es la capacidad de reírme de mi misma en situaciones como esta. Lamenté estar sola, hubiera sido un buen momento para compartir.
Logré acomodarme, voy buscando las piedras más altas para no pisar agua, pero comienzo a sentir mis pies húmedos, las botas no son impermeables. Como era de esperar aparecen los miedos, miro hacia delante y cada vez hay más agua, más ramas caídas, mas frío, más silencio, más soledad.
Decido volver, no me pesa, tampoco el objetivo era el sacrificio para conseguir el perdón. El perdón siempre está. Creo en los superesfuerzos como método para desarrollar nuestra voluntad independiente, pero también en la capacidad que tenemos de saber cuando son necesarios. Mi intención como en el camino anterior era gastar suelas por Galicia hacia Santiago.
Emprendo la retirada en busca de la carretera, de la civilización, la encuentro, 11,30 has. El sol brillaba en todo su esplendor, pleno invierno pero el calor comienza a sentirse. Me acuerdo del temporal de lluvia, viento y frío que azotó a Galicia hasta el día anterior y yo pensando: cuando camine a Santiago saldrá el sol.
Sigo caminando por el costado de la carretera, los coches pasaban a gran velocidad a mi lado y en mi cuerpo se producía un movimiento similar a los estados de meditación donde la energía se moviliza más intensamente.
Ya al mediodía entro en un bar a descansar y a tomar algo, suena el móvil, era mi amigo Tino, que estaba caminando por el camino Francés. ¡Qué grato escuchar una voz amiga! Me cuenta por donde va y me pregunta dónde estoy, ahí me percato que hace rato que no se ve ninguna indicación, ninguna flecha amarilla, ningún cartel que diga Caldas de Reí, que era mi próxima parada, donde pasar la noche. Le contesto que no lo sé, creo que me equivoque de ruta.
Salgo del bar, camino hacia una gasolinera para preguntar, allí confirmo mi sospecha, estoy en la carretera 531 y debiera haber tomado la 550, le pregunto como encontrarla, me sugiere un autobús hasta Villagarcía de Arousa y de allí otro a Caldas, yo le digo que no, cómo se llega a la 550 caminando, me mira con cierto asombro, claro, por esos lados no están acostumbrados a ver peregrinos, sólo los que se equivocan como yo y no deben ser muchos. Me indica, o 10 kilómetros para atrás o 15 hacia adelante. Retroceder otra vez, no, decido seguir hacia delante.
Llego a un cruce donde debo hacer un desvío, la carretera es más tranquila, casi no pasan coches, las casas muy nuevas y espaciadas, mucho campo, muchos colores, mucha paz, regocijo para el alma y el corazón. Pero siempre aparece algo que nos saca de esos estados tan especiales, en este caso, el cansancio, claro a estas horas ya tendría que estar en Caldas descansando. Las equivocaciones tienen su costo...
Hacía calor, el sol estaba fuerte, mi mano izquierda hinchada, las botas me pesaban y la mochila ya era una tortura, pero no había mas remedio que continuar, debía llegar antes de que anocheciera, además no se veía ningún bar, ni gasolinera, ningún lugar donde parar a reponer fuerzas. Continúo, usando mis reservas de energía, que siempre las hay cuando creemos estar al límite de la resistencia en cualquier situación y que sin duda provienen del cielo. Es decir de nuestro interior.
Como dijo San Pablo:


" No sabéis que sois Dioses y que dentro vuestro está el Reino de los Cielos"


Llego a un puente por donde cruza una carretera y un cartel que dice: Pontevedra 10 kilómetros y ¡yo había caminado 20! Desde el mismo lugar.
Veo un coche venir en dirección contraria, como no encontraba ningún cristiano para preguntar, le hago señas para que pare, se detiene y le pregunto por la 550, me dice que caminando me falta más o menos una hora.
El coche continuó su ruta y yo la mía, con la tranquilidad que me dio el saber que iba por el camino correcto y cuánto faltaba. Disfrutaba del paisaje, por momentos el cansancio se desvanecía para reaparecer luego y con ello jugaban las emociones con la misma facilidad que en la vida.
¡Bendita 550! ¡Por fin te encuentro! y con ella todos los carteles que indican el camino a Santiago y un bar, entro a comerme un bocadillo, descanso y pregunto ¿para Caldas cuánto falta? No recuerdo con exactitud la respuesta, tres o cuatro kilómetros más o menos. Pienso en quitarme más abrigo, pero no sabía qué era mejor, si llevarlo puesto o cargarlo en la mochila, opto por lo segundo.
Salgo del bar y comienzo a caminar al costado de la carretera. Confieso que las emociones más bajas para un peregrino me van invadiendo: ¿y si hago dedo? ¿ Y si tomo un autobús? Me decido por lo primero, pero al ir por una carretera importante los coches pasaban a gran velocidad y ni me veían. Desisto, continúo caminado y voy vislumbrando, no muy lejos una gasolinera con varios coches estacionados y pienso: - si cuando me acerco veo que sale alguno de ellos, si va camino a Caldas le pido que me acerque. Y así sucedió, era un joven que me llevó con todo gusto. ¡Qué placer andar sobre ruedas! Santiago concede algunos permisos, además ya había caminado más de lo pactado. Me produjo gran satisfacción. En unos minutos estaba en mi destino. Una de las cosas que me enseña el camino es perder miedos y prejuicios.
Al ver salir al conductor rumbo a su coche, recordé una frase leída hace mucho en Demian de Herman Hesse "no hay tales casualidades, cuando alguien de verdad necesita algo lo encuentra, no es la casualidad quien se lo procura, sino él mismo. Su propio deseo y su propia necesidad lo conducen a ello".
En unos minutos estábamos en Caldas, nos saludamos y me bajo del coche. No había mucho movimiento, eran las 4 de la tarde, el cielo se estaba nublando y el sol desapareciendo, empezaba a hacer frío. No me sentía bien, un gran sentimiento de soledad me iba calando ¡estaba tan lejos de todos! La ciudad me resultaba absolutamente extraña, ajena, extranjera, del límite de mi piel hacia fuera nada era mío. Sensación que nunca había experimentado.
Camiño portuguésDeambulo por la ciudad, muy bonita por cierto, bañada por los ríos Umia y Bermaña, tengo que averiguar donde esta el albergue y lavarme los pies en la fuente de aguas termales, según indicación de Tino. No voy en busca de ninguna de las dos cosas, me siento en un parque a reflexionar, a discutir conmigo misma. Si continúo caminando a Padrón, ya era tarde, me sorprendería la noche antes de llegar y la idea de quedarme hasta el otro día no me atraía en absoluto. La indecisión y la duda en todo su auge. Recordaba la placidez que da el estar con los seres amados. La resolución no tarda en aparecer, me encamino hacia algún autobús que me lleve a Padrón. Siento un gran alivio, como es habitual cuando se toma una decisión, se resuelve el conflicto interno y nos sentimos en paz. 
Me sonrío recordando a Hugo, que siempre me decía: - ¡Gallega, vos siempre te estas yendo! Y sí, es verdad, lo que no puedo descifrar en algunas ocasiones, si es huida o mi espíritu que me impulsa en busca de nuevos caminos.
Llego a Padrón alrededor de las 19 hs. Durante el camino había comenzado a lloviznar, pero como mi ánimo era otro, estaba a gusto, me adentro en la ciudad, mucha gente en las calles con espíritu de fiesta, llego a la Iglesia de Santiago de Padrón, muy austera y de estilo neoclásico, donde se encuentra la famosa piedra, "El Pedrón", en la cual cuenta la historia que fue amarrada la barca que trajo el cuerpo de Santiago. Aunque la Iglesia es pequeña, yo no encuentro la piedra. 
Salgo a recorrer la ciudad y en busca del albergue. Me detengo en el puente sobre el río Sar, preciosa vista, muy ancho y sus aguas tranquilas, pienso en el mismo paisaje con un día soleado. Voy siguiendo las indicaciones para llegar al albergue, estaba del otro lado del río, antes me topo con un gigantesco edificio, que esta en lo alto, El Convento del Carmen, subo las escalinatas para entrar en él, pero no encuentro ninguna puerta abierta. Construido entre el 1717-57, pienso en todas las vidas que habrán pasado por él, pienso en las intensiones, pensamientos, emociones y vibraciones que impregnan sus macizas paredes. A los pies del convento se encuentra la fuente del Carmen, en cuyo frente se labró la escena de la traslación del cuerpo del Apóstol desde Jaffa hasta Iría Flavia (Padrón).
Como en muchas localidades del camino, ésta también tiene su leyenda.
"Se cuenta que cuando Teodoro y Atanasio, discípulos de Santiago llegaron a la costa gallega con el cuerpo del Maestro, gobernaba aquel territorio una reina pagana llamada Lupa. Éstos fueron llevados ante ella apenas habían desembarcado y dejado el cuerpo sobre una roca. A las preguntas de la soberana respondieron con el relato milagroso de su viaje y manifestaron que solo querían que se les concediera un lugar donde poder enterrar a su maestro y quedarse a velarlo y a rezar junto a su tumba lo que les quedara de vida.
La reina sin volver de su asombro, acudió al lugar donde habían depositado el cuerpo santo y comprobó, no sólo que el cadáver despedía aromas embriagadores a santidad, sino que la roca misma sobre la que lo dejaron se había hundido como cera reblandecida a su contacto con el cuerpo. Entonces, seguramente queriendo comprobar y poner a prueba la sobrenaturalidad de aquella aventura, les proporcionó una carreta y, llevándolos hasta los limites de una dehesa de toros bravos de su propiedad, les dijo que eligieran dos para tirar de ella. Los discípulos, sin dudarlo, se adentraron entre los toros, escogieron a dos, que se dejaron colocar el ronzal como si se tratara de bueyes mansos y los uncieron a la carreta. Los dos toros se echaron a andar sin que nadie les indicara el camino y no se detuvieron hasta llegar a una vieja fortaleza llamada Castro Lupario, donde cayeron rendidos.
La reina ante tal milagro, cumplió su promesa, permitió que el Apóstol fuera enterrado en aquel mismo lugar y que los discípulos se quedasen en él para cuidar 
de la tumba. Así lo hicieron hasta su muerte. Después del fallecimiento de los discípulos, la tumba de Santiago quedo en el olvido durante siglos, hasta que en el siglo IX la descubre un ermitaño llamado Pelayo".

Siento frío, es hora de tomar algo caliente, pero antes quiero encontrar el albergue, esta muy cerca, cuando llego lo encuentro cerrado, afuera un cartel con un numero de teléfono, llamo, no me contesta nadie.
Me dirijo a la oficina de turismo, les comento que el albergue esta cerrado y que llame al numero que figura en la puerta sin respuesta, intentan ellos y tampoco, me sugieren un hotel. Les pido información para continuar mi camino al día siguiente.
El hotel estaba enfrente, voy a tomar una habitación, dejo mi mochila y salgo nuevamente para comer y llamar a mi familia que esperaban noticias mías.
Regreso al hotel, me doy un baño, miro un poco las noticias, disfruto del descanso.
Suena el móvil, Tino nuevamente, le comento que estoy en un hotel porque el albergue estaba cerrado, se enoja, dice que va a hacer la denuncia, pues otras veces ha sucedido, los albergues deben estar siempre abiertos cualquiera sea la época del año. Yo no compartí su enojo, al contrario, el aspecto me había resultado muy frío y tétrico, una casa de dos plantas de piedra, al verla pensé: ¿Aquí pasare la noche yo sola? En verano debe ser precioso pero en invierno... De todas maneras lo intenté al ir a la oficina de turismo.
Dejo el hotel a las 8 has. Había dormido muy bien, las calles desérticas, era domingo, busco un lugar para desayunar y voy nuevamente a la Iglesia, asisto a la misa y mientras sigo mirando para descubrir la piedra, nada. Cuándo termina la Misa, me acerco al ayudante del párroco y le pregunto, me dice que está debajo del altar, sigo sin verla ¿donde? le pregunto y me dice que está cubierta por una puerta que se abre en ocasiones especiales. Le doy las gracias y me siento un poco decepcionada ¡no cumplía con ninguno de los rituales de este camino! Me quedo donde estoy, al rato se me acerca este buen señor, se ve que se dio cuenta de mi decepción y me pregunta si quiero verla ¡por supuesto! Le contesto. Acciona un mecanismo y se abre la puerta y allí estaba en un pozo debajo del altar. Le agradezco y me voy.
El día amaneció claro y frío, el sol hacía plácido el caminar. Me reconforta saber que en unas horas llegaría a Santiago. Paso por La Colegiata de Santa María de Iría, de estilo altomedioeval, voy dejando la ciudad, me adentro en el bosque, muy solitario, por momentos miraba hacia atrás con la sensación que alguien me seguía, pero no, era el viento que movía las ramas, lo demás todo silencio, sólo el canto de algún pájaro y el ruido de mis propios pasos al pisar el pedregal. Cruzo las vías del tren a la altura de una aldea muy bonita: Angurria de Suso.
Voy cruzando por aldeas realmente hermosas, por momento envidio a sus habitantes ¡qué paz! Cuánta naturaleza, emplazadas en el monte, con subidas y bajadas que hacían más entretenido el recorrido. Me arrepiento de las fotos que no saqué. Calles muy angostas, pienso en las peregrinaciones en grupos numerosos
¡Pasarán en fila india! De pronto tengo patos caminando al lado, cabritos saliendo de una casa. Me entretengo tanto en la simpleza del lugar que pierdo las señales. Toco timbre en alguna casa, pero nadie sale. Sigo sin preocuparme, era tan lindo el lugar que me daban ganas de quedarme. Desde lo alto se veía la carretera, a donde debía llegar, pero no veía por dónde. Como siempre, el camino te muestra la vida misma, cuántas veces vemos el objetivo pero no sabemos como llegar a él. Encuentro a una señora que me indica por donde ir. Comienzo a descender, luego un leve ascenso y ya al bajar se va dibujando a lo lejos la ciudad de Santiago de Compostela.
Llego a la carretera, no siento cansancio, aunque había caminado casi cinco horas sin parar, es que había disfrutado del recorrido y además ya casi estaba llegando a la meta.
Era hora de descansar y comer algo, entro en un bar, me quedo un buen rato, para recuperar mi espalda, el día comienza a descomponerse, una suave llovizna empieza a caer ¡Habrá que entrar a Santiago caminando bajo la lluvia! Le pongo la funda impermeable a la mochila, el traje lo era. Y tenía el paraguas. Lástima que no le pedí a nadie que tomara una foto, estaba muy pintoresca.
Emprendo la marcha por el costado de la ruta, serían las dos de la tarde, iba dejando atrás los sonidos de la naturaleza en una mañana soleada, ahora era el sonido del pasar de los coches sobre el asfalto mojado. Y así es de todo un poco, como en la vida.
Camiño portuguésEl peso de las botas mojadas iba en aumento, cerré el paraguas por el viento. La lluvia mojaba mi rostro. ¡Será el purgatorio! Continúo, quería llegar al cielo. Encuentro una parada de autobús con techo, me resguardo esperando que pase el aguacero. Cuando la lluvia se hace más suave, continúo. Así llego a Compostela, pingando, diría mi madre.
La ciudad tenía un aspecto desconocido, solitaria, fría y lluviosa, pero no por eso menos cautivante. ¡Es tan especial y tan mágica para mí! Recorro sus calles, saboreando cada paso. Llego a la Catedral, me detengo frente a ella, voy delineando con la mirada toda su majestuosidad ¡impresiona! No sólo por sus características arquitectónicas sino también por su presencia soberana.
Subo sus escalinatas y entro, me siento a descansar y a permitir que mis emociones y sentimientos se explayen. Recorro mentalmente el camino de mi vida y agradezco mi cosecha. Miro a Santiago en el altar mayor, lo han querido adornar tanto, que lo hicieron muy feo. Pienso en la simpleza de su corta vida y en la inmensidad de su trascendencia. Camino hacia él para darle mi segundo abrazo. Dirán lo que dirán, pero se siente algo especial en el cuerpo al abrazarlo.
Visito su tumba, me cruzo con un peregrino, el único que vi en Santiago. Al salir me encuentro con un grupo de manifestantes por el Prestige, todos de blanco, Galicia olía a fuell. Galicia lloraba su tragedia, la de todos. 
Galicia lloraba la muerte de Man, Manfred Gnadinger un alemán, artista y ermitaño de 66 años, personaje muy extraño para muchos, cubierto con un taparrabos y su piel curtida por el sol, el viento y el mar, vivía en Camelle. Durante cuarenta años fue recogiendo todo lo que el mar traía a su costa, creando su propio museo, plasmando su pintura en las rocas. Por unas pocas monedas se podía visitar su museo. A los niños les daba una hoja y lápiz y como una orden les decía ¡Dibuja!
No pudo soportar la tristeza de ver su obra cubierta de chapapote. Murió el 28 de diciembre, día de los Santos inocentes.
Sin conocerlo, me conmovió su muerte, como símbolo de protesta ante la indiferencia de los que creen que el poder y el dinero, los inmuniza de estos desastres ecológicos.

Camino por la ciudad, compro algunas tarjetas, eran las 5 de la tarde, voy a tomar algo y a escribirlas para enviarlas al otro día. Seguía lloviendo, me encamino a la terminal de autobuses para regresar a Pontevedra y recibir el nuevo año con mi familia.
Hoy termino este relato, 31 de diciembre del 2003, un año después. Hoy se da inicio al nuevo año jacobeo, con la apertura de la puerta Santa. Lo vi por televisión, me hubiera gustado estar, pero cuando me acordé no conseguí pasajes. Ahora debo esperar 11 años si quiero presenciarlo.
Cuando le conté a mi hija las peripecias de este camino me dijo: Así cualquiera lo hace, durmiendo en hoteles y tomando autobuses. Quizás tenga razón...
Este año jacobeo caminaré a Santiago en mayo desde Ourense, Camino de La Plata, pero esta vez buscaré quien me acompañe.Chegando á Catedral de Santiago

- Queremos agradecer á profesora Teresa Márquez Sanmartín por achegarnos este material.


  Para contactarse coa autora podedes facelo a : peregrinosdelcamino@yahoo.com.ar

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