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Galicia espallada

Unha recolleita da cultura galega

Literatura, historia, arte, música, gastronomía, galeguismo, tradicións, lendas, costumes, emigración

Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

Lorenzo Varela en el recuerdo

Lorenzo VarelaHace unos años Xulio Senra de la revista Raigame nos encargaba un trabajo sobre Lorenzo Varela por ser dedicado el Día de las Letras Gallegas a este valiente de la palabra y de las armas; gracias a él pudimos compartir espacio en ese número junto a figuras como Xosé Neira Vilas, Isaac Diaz Pardo, Xosé Luis Axeitos, Claudio Rodríguez Fer, entre muchas otras figuras. Es increíble el sino trágico de este HOMBRE, así con mayúsculas, de exiliado en todos lados, prototipo de todos los gallegos. Lorenzo Varela fue olvidado porque virtudes como el coraje, el compromiso, la lealtad a una idea, la fidelidad con uno mismo y su cultura, la masculinidad ya no fueron valores en su época y menos en la nuestra. Por eso, porque no queremos ser cómplices de ese olvido aprovechamos que recibimos por correo esta noticia para publicarla.

Historia de dos orillas

Una mañana de 1978 supe por el El País que, tres días antes, el 25 de noviembre, había muerto en Madrid Lorenzo Varela. La nota informaba además que había regresado a España en 1976

Susaba Viau 06-12-2008   Una mañana de 1978 supe por el El País que, tres días antes, el 25 de noviembre, había muerto en Madrid Lorenzo Varela. La nota, muy breve, informaba además que había regresado a España en 1976. Después de 40 años de destierro, Lorenzo era un perfecto desconocido para la mayoría de sus compatriotas, aunque, como consignaba el periódico, él y Celso Emilio Ferrero fueran “las dos figuras cumbres de la poesía gallega contemporánea”. Demasiados elogios para apenas diez líneas. Lo habían cremado bajo la lluvia, el 28, en el cementerio de La Almudena. Hace treinta años.

Los periodistas de mi generación conocimos a Lorenzo en los 60, en redacciones y bares donde la literatura, la plástica, el cine y la política monopolizaban las charlas. Era poeta, antifranquista, cincuentón, reservado, se reía hacia adentro, fumaba con boquilla –mucho– y bebía, aunque nadie lo vio borracho por aquellos sitios donde el whisky corría a raudales. Se decía que había sido un cuadro del bando republicano. El LP con canciones de García Lorca que me regaló y había financiado con esfuerzo, de su propio bolsillo, y un comentario deslizado al pasar ante un casete de las Brigadas Internacionales (“Eso lo grabamos Rodolfo Halffter y yo”, me dijo) hacían verosímil la historia que le adjudicaban. Después sobrevinieron tiempos turbulentos. Nos dispersamos. Y me olvidé de Lorenzo y sus enigmas. Hasta que, ya en Madrid, conocí a Santiago Álvarez, dirigente del PCE, jefe de la guerrilla gallega, del “maquis”. Cuando le nombré sin mucha convicción a “un poeta gallego llamado Lorenzo Varela”, don Santiago se emocionó. “Era mi subordinado, comisario político. Un hombre muy valiente.”

La vida de Varela penduló entre la emigración y el exilio. Sus padres, de Monterroso, una aldea de Lugo, pasaron cuatro años en Cuba, diez en el barrio de Pompeya y a fines de los 20 volvieron a empacar. ¿La crisis? ¿El golpe de Uriburu? O a lo mejor los Varela eran culos de mal asiento y no lograban establecerse en ninguna parte, vaya uno a saber. Pero lo de Xesus Manuel Lorenzo Varela era un sino: en Pompeya había sido “el gallego” y en Lugo “el argentino”; nacido en 1916 a bordo de un barco fondeado en la bahía de La Habana, iba a morir a los 62 en la habitación de un hotel.

El retorno a Galicia fue perturbador: la Segunda República, las Juventudes Galleguistas, el POUM, Madrid, la universidad, las Misiones Pedagógicas. En el 36, Lorenzo funda con Rafael y Eduardo Dieste, José Bergamín, Rafael Alberti, Antonio Machado y Federico García Lorca la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, se afilia al PCE y se alista en las milicias populares. Muy pronto lo nombran comisario político y jefe de una brigada de la 11ª División: tenía 23 años. El jefe, Enrique Líster, comandante de la 11ª, estratega de la batallas del Ebro, Brunete, Jarama, no había cumplido los 30. “La imagen que yo conservaba (...) –le escribiría más tarde Eduardo Dieste– fue bruscamente suplantada por otra de sargento de milicias (...) ¿Cómo –decía yo– aquel poeta enmeigado, pálido como una manzana, de ojos deshojados, ahora con voz de mandar, revólver mortífero y pecho arqueado? (...) Los bravos de la FAI le obedecían como chiquillos...”. Pero las guerras no se ganan sólo a fuerza de valentía. A la caída de Madrid, Lorenzo retornó a Buenos Aires. Hubo un corto paréntesis montevideano: el peronismo no veía con buenos ojos a la República; el silencio, una virtud de la resistencia, también se hizo condición de su exilio. El núcleo duro que formó con los poetas Arturo Cuadrado, Dieste y el dibujante y pintor Luis Seoane, gallegos como él, sacó de la galera libros y revistas culturales. A ellos se debe la publicación del primer cuento de un joven narrador llamado Julio Cortázar. Lorenzo se había casado con Marika Gerstein y empezaba a tener un lugar. Era un sueño fugaz: en 1976 debió dejar la Argentina de Videla para redescubrir España sin Franco. Nada iba a ser igual: el PC, su partido, crujía bajo la losa de los Pactos de la Moncloa, los republicanos se aferraban a la monarquía como a un clavo ardiente, nadie quería vulnerar el frágil equilibrio de la transición. El poeta-miliciano, autor de Torres de amor, Lonxe, Homenaje a Picasso, no tenía casa, ni trabajo, ni futuro y ni siquiera tenía pasado. Uno de sus amigos escribió al argentino Luis Baudizzone: “Murió –o se dejó morir– el 25 por la mañana. Eran las 7. Empezó a sentirse mal a las 3 pero le prohibió a Marika llamar a un médico. Cuando consintió era demasiado tarde (...) Últimamente se atrincheraba detrás de un sarcasmo casi cínico (...) Era un barco desarbolado a la deriva (...) Se sentía ‘raté’” . Quienes lo acompañaron hasta el final transmitirían con dolor su larga noche de agonía, sentado en el sillón de la pieza de hotel. Seoane describe uno de esos mensajes como “la carta que relata la muerte de un héroe, él lo fue, exiliado en el mismo lugar de la batalla donde fue herido, conjugando a un tiempo exilio y guerra. Lloramos en ella por Varela, por todos. Por vosotros, por nosotros”. Los derrotados saben bien de qué hablaba Seoane.

 


Fuente: criticadigital