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Galicia espallada

Unha recolleita da cultura galega

Literatura, historia, arte, música, gastronomía, galeguismo, tradicións, lendas, costumes, emigración

Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

XESÚS LORENZO VARELA VÁZQUEZ

 

Contratapa de Murillo, de Lorenzo varelaADVERTENCIA 

 

 

Hablaré de Murillo, lector, desde el recuerdo, desde aquel lejano día en que por primera vez me enamoró su gracia y creí entender sus métodos transparentes, casi siempre los más difíciles de comprender en nuestro tiempo, entregado a la ebriedad sin fin de las complicaciones. Aun temiendo esta enfermedad de nuestro tiempo, no he podido dejar de ser complicado al intentar transmitir mis emociones ante su pintura, o al querer entregar a quienes no tuvieron la ocasión de verlo, lo mejor de mi visión, que corresponde, como decía, a aquella vez en que me sobresaltó esa dicha rara que toma cuerpo en sus imágenes, aquella vez en que los angelillos del pintor recrearon, o así me parecía, deliciosas tardes de infancia en que todo milagro es posible. 

 

Vinieron luego los agitados días de la buena bohemia, cuando en rueda de diablos se quema a todos los dioses y, principalmente, a aquellos que no intentan la defensa; tal es el caso del pintor sevillano. Los dioses que representaban un poderío, una certidumbre recia, aquellos que tenían espada o ironía, o los que nos enceguecían con el deslumbrante fulgor de su luz interna, tal el caso de Velázquez, de El Greco, de Zurbarán, de Goya, eran para nosotros sagrados a pesar de log pesares: de algún modo su ímpetu nos tocaba en el alma como un relámpago que no deja lugar a dudas, y no era posible negarles la veneración que exigían. Mas otros, como Murillo, que se nos mostraban solícitos, amables, desarmados, eran por eso mismo blanco de nuestra crueldad, y al herirlos aprendíamos a guerrear, a medir nuestras fuerzas contra un grande, contra un mayor, mientras íbamos afinando el arte negro de la rebelión, sin saber ¡ay! que había de volverse contra nosotros y causarnos bien pronto heridas de más calado que las que nosotros causáramos con tanta ingenuidad. Era por aquella época en que a todos los adolescentes nos dió por ser críticos, por derribar ídolos en nombre de una causa santa pero indefinida, y por debajo de nuestro amor a la pintura corrían aguas yermas que iban secando los más bellos huertos. ¡Qué fácil es la destrucción si ponemos en su labor nuestra alma misma, destruyéndola, si nos destruimos nosotros al destruir! Cuesta mucho llegar a saber que el camino más fácilmente brillante del crítico consiste en enfrentarse al arte como a un enemigo. Esto lo ha expresado muy bien aquella dama, cuando el pedante le decía con superioridad juguetona: "Señora, yo soy enemigo personal de la pintura." Y ella le respondió, con aire inocente: "Ah, ¿es usted crítico?" 

               

Pero ya son muchos los espíritus que se han alejado de aquel pozo den engaños, y, sin que se pueda percibir aún la madurez de la crítica, lo cierto es que ésta ha mejorado mucho y se ha hecho, cuando menos, más respetuosa. De ahí que se hable menos de procedimientos y más de ambiente, de sensibilidad, de creación. De ahí que sean los poetas o los escritores creadores los que nos han dado mejores páginas sobre pintura en los últimos tiempos. Aunque no haya madurez de juicio, como en los grandes tiempos, pues hoy nadie se siente representado, en general, por el juicio crítico de nadie, y todos muy desorientados por el juicio crítico de todos, sin embargo se ha logrado establecer amplias zonas de entendimiento. Y, en general, cuando hablamos de facilidad de ejecución, de sentido de la línea o del color, de belleza formal, etc., creo que en cierto modo sabemos todos a qué atenernos y podemos estar de acuerdo. De la misma manera podemos decir que hemos llegado a una situación en que el arte moderno y el arte antiguo -hablo del buen arte- han cesado de estar en guerra, y ya se va viendo que hay en la historia del arte, como en la del espíritu y en la del hombre, desde luego, unas líneas generales de valor permanente. Hasta sabemos ya aproximadamente lo que del arte moderno es sólo batalla y lo que es victoria, lo que ya se hizo clásico y duradero. 

      

Al cesar esa batalla vuelven a nuestros ojos con su verdadero mensaje los más injustamente castigados en el curso de la pelea, y, en la pintura española, esta injusticia cayó principalmente sobre Murillo. Quedan en pie, desde luego, muchas de las reflexiones que en su contra se hicieron entonces, pero en compensación surgen otras que lo vuelven a colocar en su sitial con todos los honores. La parte de la obra de Murillo que resistió las pedradas es la que ha de ocupar preferentemente mi atención en el curso de estas divagaciones. Y como lo que se salvó de su obra no está sólo limitado a una época sino que por lo general está esparcido en toda su obra, a ella en conjunto hemos de referirnos. Para hablar del detalle, aparte del obstáculo que representa el breve espacio de que disponemos, sería necesario poder frecuentar las obras que hemos visto hace años y ver las que nunca hemos podido visitar. Por otra parte, hacer estudios completos sobre la obra de los clásicos requeriría dedicar toda la vida a la empresa y buscar el nuevo lenguaje que nos lo presentara desde el punto de vista de la conciencia filosófica actual, y de la actitud del espíritu ante la estética contemporánea, cosas muy distantes de nuestros propósitos y de nuestra capacidad, y reñidas con los fines de esta colección.

 

 

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