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Galicia espallada

Unha recolleita da cultura galega

Literatura, historia, arte, música, gastronomía, galeguismo, tradicións, lendas, costumes, emigración

Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

XESÚS LORENZO VARELA VÁZQUEZ

Falcini

"Si la evolución de ese organismo figurado que representa la escultura, desde su fase embrionaria hasta su descomposición, no hincara to das las raíces en la historia misma de las almas, no tendría ningún sentido. El oficio se transmite, por cierto, se perfecciona, se afirma, se complica, se deteriora, se pierde. La estatua no hace otra cosa que marcar en el suelo el rastro del hambre, como si éste marchara en sus pisadas. Ella es el hombre, el hombre interior en lo que tiene de más cándido, pero también de más esencial. No es, por cierto, cada uno de los hombres tomado por separado."  ELIE FAURE. Falcini, de Lorenzo Varela, con diseño de Luis Seoane y edición de Arturo Cuadrado   La obra que no responde a este concepto de Faure, aquella que no tiene ningún sentido, que no hinca sus raíces en la historia misma del alma, es la que le hizo concebir a Baudelaire sus famosas reflexiones sobre "por qué es aburrida la escultura".  Portada de la edición de Botella al Mar, de Arturo Cuadrado y 
Luis Seoane, este último encargado del diseño.

          

    

No se nos oculta que el pensamiento de Faure podría ser válido, de un modo profundo, para cualquier arte, pero es en la escultura donde vemos con más nitidez la confirmación de su juicio. Acaso sea porque es donde mejor se ve si el artista ha "escurrido el bulto". Su certidumbre tiene que ser "palpable", tiene que haber algo dentro de su estructura, pero muy claramente manifestado. Si no, si es sólo esa perfecta artesanía deteriorable, o ya corrompida en su misma facilidad y repetición, en su calco, en su gastado molde, nos enfría, nos aburre, tal como nos sucede con un perfecto plato industrial, mientras en cambio nos conmueve un cacharro, rudimentario técnicamente, pero con un temblor que nos pone ante la vida de un hombre hacedor y no ante el mecanismo yerto aunque útil de una fábrica. 

        

Hasta tal punto ha sido necesario plantearse esta vieja cuestión en nuestro tiempo, que sólo en él se ha llegado a llamar todo un movimiento, "art vivant". ¿No habrá sido necesario ello porque sucedió que la técnica se quedó sin artista, y seguía produciendo, rutinariamente, obras sin alma, obras sin hacedor, sin hombre, obras muertas? Parece mentira que se puedan unir estas dos palabras: arte y muerte; o que haya sido necesario agregar a la palabra arte la palabra viviente. Pero cuando la muerte se había llegado a meter en el arte, llenándolo de condecoraciones y mimos, de publicidad y de rentas, era preciso violentar la lógica del lenguaje. Y hoy podemos tener confianza en la lealtad del arte para con los hombres, gracias a haber comprendido que la muerte también se apoderaba de lo que parecía eterno, de las criaturas del espíritu, haciéndolas nacer muertas, pero dejándoles la apariencia de seres vivos, quizá para mejor ocultar el foco de infección mortal que escondían en su seno. Por haberlo comprendido así, podemos reiniciar el planteamiento de problemas vitales para el arte, especialmente en este caso, para la escultura. Y no es el menos urgente el de su mismo destino. Los que no sabían qué hacer con una escultura que no sentían ni comprendían, difundieron con energía la idea de que la escultura era cosa que había que relegar a los parques y plazas públicas, y, alguna vez, a los museos, ya menos aireados y accesibles. En unos casos, enterrarlas al aire libre, en otros mandarlas al mausoleo, este es el fondo de la idea. Donde no moleste mucho, donde sea un adorno muerto que nos haga sentirnos satisfechos de nuestro respeto a los griegos. En cuanto a la vivienda, como sólo piensan en los grandes monumentos ecuestres fabricados por los fundadores italianos, y como no tenemos, en nuestras casas de departamentos, patios ni jardines palaciegos... no podemos poner esculturas en ella. Consecuencia: ni siquiera en las casas solariegas que quedan, donde hay biblioteca, discoteca, cerámica, cuadros, es fácil ver una escultura. Para mí esto quiere decir que la escultura ha llegado a un extremo en que no conmueve ni siquiera la vanidad de las gentes. Son muchos los que piensan en secreto que se trata de un arte que perteneció al pasado y que sobrevive sólo porque con algo se ha de homenajear a los muertos ilustres y al soldado desconocido, y es tradicional costumbre de los pueblos civilizados hacerlo con monumentos. Pero la obra de Luis Falcini es un ejemplo, entre nosotros, y un ejemplo extraordinario, de que la escultura es un arte vivo, que hinca sus raíces en la más honda realidad del alma, de nuestra alma. Él es de los pocos escultores que se ha librado, no ya de las falsedades, su carácter bastaría para evitarlo, sino de las trampas mortales en que han caído tantos otros. Severo y solitario, ha llegado, a la madurez de su vida creadora sin que la desintegración de sus contemporáneos lograra arrastrarlo.  ( ... )

 

 

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