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Galicia espallada

Unha recolleita da cultura galega

Literatura, historia, arte, música, gastronomía, galeguismo, tradicións, lendas, costumes, emigración

Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

XESÚS LORENZO VARELA VÁZQUEZ

Lorenzo Varela

PALABRAS A UN MILICIANO ANÓNIMO


Publicado en El Mono Azul, 10 (29-10-1936)



Al hablarte no quiero decir tu nombre. Tampoco quisiera decir el mío, porque mi aspiración sería que fuese el mismo. Que tú y yo nos llamáramos lo mismo. Y aún más: quisiera que el nombre de todos fuera el tuyo y el mío. Yo sé- tú también-que ya sucedió así más de una vez. Si es sólo aspiración nuestro pensar es porque, sin duda, todavía no ha sido conquistado para todos el mismo nombre. Hemos descubierto nuestra voluntad de unión humana, de comunión, en la clara unión común de los hombres. Por eso es nuestra guerra afirmativa, y más afirmativa aún por su sentido humano que por el político. Tú comprendes esto, lo sientes prendido en tu carne y te entra por los poros, igual que nos entraba estando juntos el polvo, bajo el bombardeo de los trimotores. Yo recuerdo tu cara negra de tierra, tus ojos asombrados, toda tu cara asombrada porque la tierra “tiene ahora olor a pólvora”. Sí, camarada, el cielo estaba alto, pero, aun así, la luz decía al bajar sobre la “Loma de los Toreros”, con energía tan decididamente recta, que el cielo también olía a pólvora. Cerca, los matorrales desnudos, quemados, también se retorcían al sol, cantando a pólvora. Entonces la loma nos parecía más grande, toda la tierra, más grande. Llegamos a la cima como trozos de tierra que avanzan latiendo en dirección del horizonte. Al llegar notábamos que la sangre nos reía angustiosamente en las venas. Estábamos con la alegría melancólica de los árboles recién trasplantados. Los dos teníamos en aquel momento ardida la garganta de tierra y pólvora. Entre los guijarros polvorientos, los fusiles, llenos de fiebre en nuestras manos. y el amplio cielo serenamente claro, descubrimos nuestro cuerpo, la existencia como un árbol, como una nube viva, de nuestro cuerpo. En aquel instante, camarada, los dos teníamos el mismo nombre. La muerte nos hacía reír a los dos profundamente unidos por la vida común. Los dos hemos sabido nuestro nombre común, el nombre de todos los hombres, diferenciado luminosamente en aquel instante del nombre de todas las plantas de todas las estaciones; diferenciado con precisión milagrosa de todos los nombres. Pero después, camarada, me ha debido suceder algo que no me perdonarás nunca, algo que ha borrado tu nombre de mi memoria. Y ahora es el caso que tampoco sé el mío. Me han nombrado, me nombré yo mismo muchas veces desde entonces, y ya no sé mi nombre. Pero voy a buscarte otra vez en la guerra, en esta guerra que hacemos para definitivamente podernos recordar y podernos nombrar eternamente hombres. Voy a buscarte otra vez para encontrarme yo, para pelear graciosamente con mi memoria y despertarla. Para saber hondamente como entonces, camarada, que sobre las lomas y entre los árboles soñados por un cálido afán de sombra, entre todas las criaturas vivas, son los hombres quienes viven. Para sentir de nuevo cómo la muerte de nuestros camaradas nos afirmaba más la vida, nos hacía ver más claro la necesidad de conquistar la muerte para hacer más joven la vida. Y aprender para siempre que la vida nos dice su revelación sólo allí donde la muerte pelea por vivir. Donde la muerte habita disfrazada de polvo o de carne o de aire. Donde la muerte también quiere ser cuerpo.

 

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