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Galicia espallada

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Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

XESÚS LORENZO VARELA VÁZQUEZ

EL ILUSIONISTA


Publicado en Romance, nº 14, 15 de agosto, 1940, p. 5.


Lorenzo Varela

En el Norte los limoneros no reflejan esa luz pálida que, a veces, brota en los limoneros del Sur, como de un espejo empañado de sol postrero que aún nos recuerda su misterio radiante, su temblorosa presencia, encendida en vivos cristales por el mediodía. Este limonero pensativo de los Pedralbe, en el brumoso norte, nos hacía soñar con el blancor de las nevadas; y su húmedo verdor, su obscuro follaje, la fría corteza de su tallo, la sombría y extraña quietud de sus ramas heladas, trían a nuestros ojos la imagen del invierno, aun cuando el fruto anunciase la llegada ardiente del estío. Esta ilusión es tan viva, tan real, que nuestra misma piel nos revela allí la secreta presencia de una estación extraña, ya ida, anunciándonos que el alma de otras horas está en la memoria de estas que vivimos. En los más helados inviernos del sur hay una maceta de geráneos, quemada por la ausencia del sol que, a instantes, parece encendida, parece arder con un incendio espectral que abrasa los ojos con más fuego que durante las siestas de agosto cuando la brisa, breve y repentina, nos lame la piel con sus llamas.

Auria, sentada en el vallado de piedra añeja que rodeaba el huerto, situado detrás del caserío como un sitio prohibido, como un lugar recóndito, interior, hecho para el delirio, propicio al pecado y al ensueño, al abandono, pensativa y lunática, cogía los limones cercanos, verdes y fríos apenas ajados por el rocío y las serenas, los frotaba contra el pecho como si tuvieran polvo, los mordía ensimismada y los dejaba caer en la yerba húmeda, interrumpiendo el revuelo de los grillos. Las estrellas latían contra el cielo negro y bajo. Sobre los prados y los castañares, que desde el caserío de Pedralbe se extendían hasta el Soto del Pinar, por un valle que de día mostraba sus amapolas soleadas, más altas que la hierba delgada que les daba amparo, la luna formaba extrañas figuras y, cuando había plenilunio

, los grillos desataban su locura haciendo vibrar el campo.

No es extraño, pues, el loco ensimismamiento de Auria. Adentro del caserío, en la amplia cocina, ardían los primeros pinos secos del año y los dos candiles dejaban ver los yugos casi labrados que su padre hacía admirar a todos los habitantes del contorno cuando pasaban por el camino de herradura hacia las ferias de Villa de la Condesa. El abuelo doraba el torrezno sobre un copo de brasas, formado pacientemente, y en su taza de madera, próxima ya al color violeta, quedaba sólo un mostillo agrio como señal de vino. La tía Carmen leía esta noche en voz alta, como siempre, a pesar de que nadie la escuchaba, la Historia Sagrada, por la parte donde David, con una honda como la de los pastores, vence al gigante Goliat. El final de esa situación sería el de siempre que la solterona contaba, oía, o leía un milagro de Nuestro Señor; lloraría recogiendo las lágrimas con la punta de la pañoleta de lana negra, pronunciando unas humildes palabras de alabanza a Dios, vagamente referidas al crecimiento de las semillas y a la riqueza de la cosecha. En este momento, el abuelo y el padre, hombres que habían corrido mundo, pues habían hecho las guerras de Cuba y Marruecos, respectivamente, se miraban haciendo un gesto de resignación, no se sabía por qué, aunque tenía trazas de compasión y de ironía. El mismo gesto tenía lugar cuando el párroco se quedaba a cenar y se contaban las desgracias ocurridas a las almas pecadoras. Al despedirse decía siempre, inclinándose para recoger su cayado:

-En fin, con tal de que Dios no nos abandone...

A lo que respondía el padre o el abuelo, mirándose entre sí, de aquella manera inexplicable:

-Don Julián, tome otra taza de vino. Es del viñedo del Otero.

Generalmente el párroco vaciaba la taza "por no desairarles". Otras veces producía un chasquido con la lengua, que seguramente indicaba hartura, acariciaba las mejilas de la muchacha, y se iba arrebujándose en la ancha bufanda, mientras el viento le hinchaba el hábito y hacía del cura una campana que dejaba ver los calzoncillos largos de bayeta amarilla, que usaba para protegerse del reuma. La impresión más fuerte que recibía Auria en tales casos, era la que le producía el viento, al entrar en oleadas por la puerta, hasta que uno de los hombres la cerraba con un golpe rápido, que hacía más agudo el lamento de los goznes.

Pero después de todo, lo que importaba verdaderamente es que Auria, sentada sobre el vallado, estaba enloquecida de luna, de grillos, de limones verdes y ya marchitos, y, lo que más le dolía, de amor. Auria estaba enamorada de... Pero digamos antes como fue el milagro. Digamos que al mediodía, hacía unas cuantas horas nada más -"y ya todo cambió", como se decía la muchacha-; estaban los Pedralbe comiendo pulpo en la feria de la Villa. Amanecido, cuando aún la bruma cubría los campos y las bocas de los ganados y de los hombres humeaban, salió toda la familia en la afanada caballería de la casa. Como una invasión, a la hora de andar, vino un sol de los demonios, múltiple y abrasador, que hizo decir al abuelo mientras se desabrochaba el chaleco, torpemente:

-Con estos soles, tendremos año de vinos.

Y quería contar los vinos que hubo otro año de soles ya lejano, allá en su mocedad, pero el cansancio y el asma le mataron el cuento. El toro, llevado por el zagal, bramaba de legua en legua, sacudiendo el sudor contra el cielo azul purísimo como pañuelo de feria. Bastante retrasadas, por temor del toro iban las vacas, que si uno de los caballistas hacía una leve contorsión sobre la montura podía verla andar lentamente con los cuernos bruñidos de sol. Una vez se pelearon dos de ellas, levantando el pecho y revoloteando los cuernos, que a Auria le parecían, desde lejos y llenos del sol, un vuelo de palomas.

El hecho es que los Pedralbe, como decíamos, estaban en la Villa, y que el pulpo no podía ser más hermoso. Desplegaron los manteles de lino en "El comedor del Manco" que tenía en sus bodegas el mejor vino de la Villa. El Manco había estado en América, y de allí trajo un loro, mil pesetas, la costumbre de no ir a misa y un brazo de menos. Con las mil pesetas y la ayuda de los masones liberales, según decían los honrados taberneros de la villa, puso el Manco su mesón, que en un principio llamó "Estrella del Sur". Las lluvias borraron pronto el letrero, así como los plátanos que lo decoraban. Por otra parte, los labriegos nunca habían entendido esa leyenda. Pronto bautizaron el local con la alusión al físico de su dueño y todavía hoy, es conocido como "La Casa del Manco". Este decía siempre, viniese o no a cuento, pero siempre refiriéndose a un hecho real, como un parto desgraciado, la muerte de un becerro, una cosecha raquítica, la trampa de un escribano, o bien, cualquier detalle de la vida espiritual de los campesinos, como la visión de brujas y fantasmas, el mal de ojo, los endemoniados que llevan dentro el enemigo..., que era preciso "traer un poco de civilización a estas tierras de barbarie".

Quizá por eso se le ocurrió contratar, mientras durase la feria, un ilusionista que estaba en la Villa, según el Manco, veraneando. Mejor enterados que "el ché", como también llamaban al mesonero los socarrones, nosotros podemos afirmar que en realidad el ilusionista Roberto, derrotado por el público de las grandes ciudades, llegó a la villa con sus viejos trajes, sus gastadas ilusiones y su hambre. El tío Ramón, zapatero remendón, como todos los mal hablados del pueblo, y que había confirmado su ingenio en poner motes durante la guerra de África, en la que fue sargento, le llamaba "Roberto del Rabo", porque para sus actuaciones se vestía con un largo frac verde del que colgaba una tira de campanillas, que serpentaban por el suelo, como convenía a su propietario, para atraer hacia sí las miradas del público.

Todavía no habían terminado su faena los comensales, cuando apareció nuestro artista, que, además del frac y la cola que conocemos, llevaba un antifaz blanco y un kepis de almirante, cuyas tres últimas plumas, caídas como ramas de sauce, demostraban su nostalgia por las campañeras ausentes. lasd manos ocultas en manguillos de mujer , de seda negra, con un gran vuelo en la muñeca, pronto dieron principio a los milagros, que no comenzaron sin después de ajustar más la amapola sobre el ojal del frac, con el mismo orgulloso gesto con que en las sesiones lujosas lo hubiera hecho con la gardenia escogida entrelos ramos de sus admiradoras, apartando despreocupadamente la tarjeta perfumada, en la que ya sabía como una mano ingenua había escrito tiernamente las palabras de siempre: "Dios conserve a usted las manos". Por fin una palmada seca, correcta, y a la vez imperativa, convocó a silencio en la taberna pueblerina.

La resurrección de un papel quemado recreado con sus propias cenizas, un globo de vivos colores del tamaño de su sombrero de almirante nacido de la suela raída de uno de sus zapatos; de los huevos partidos salieron las más brillantes joyas; de las orejas de los espectadores, monedas de plata; alzando las mantillas de las mozas salían pájaros... Roberto del Rabo no recordó otro instante de gloria comparable al que aquel día le brindaron los inocentes labriegos. Un héroe no hubiera pedido más a su pueblo.


Cuando Auria dejó su familia en tratos con los ganaderos y llegó a la casa del Manco, agitada por la emoción, fatigaga por la carrera que había hecho, la cara como una amapola, el ilusionista todavía estaba en traje de ceremonias, con el antifaz puesto, sentado en el rincón de una mesa que olía a pulpo y a vino fuerte, apartando las migajas de pan hacia los bordes. Una copa robusta de aguardiente escarchado, medio rota, medio enmohecida, brillaba cerca de su mano negra, enguantada. En la otra, sin guante, ardía un cigarrillo. Cuando Auria se sentó a su lado, torpemente, casi cayéndose del asiento, que más que banco parecía un registro de firmas y leyendas, el ilusionista sonrió amorosamente.

-¿Sabe usted, como la feria terminó, quería ver su baúl? dijo toda azarada.

No pudo decir más. Roberto había pronunciado al final de su actuación estas palabras:

-Señores, otra vez tendré el honor de hacer para ustedes más milagros. Ahora, acaba de cerrarse el baúl mágico.

?Para qué decirle a esta niña que no existía tal baúl? Un ilusionista tiene su orgullo y no puede desengañar a nadie, no puede matar la ilusión que él mismo ha creado. Sus ojos brillaban de inteligencia cuando cogió la mano de Auria, más infantil que nunca, con su traje de campesina y su rubor, y le dijo volviendo a sonreír, como sonríen los ilusionistas cuando se encomiendan al diablo del misterio:

-Vamos...

En el corral del Manco había un carro sentado, con las varas, como largos brazos exclamativos, hacia el cielo. De las varas colgaban trajes de bailarinas con plateados polvorientos, chalecos grises que habían sido blancos, diademas de cristal, negros mantos tachonados de estrellas doradas, que otras veces brillaron; en fin estaban allí reunidos los demonios del teatro que alientan en los trajes ya abandonados de las viejas actrices, y habitan allí para recordar la juventud y la hermosura ya marchita por los años o los desengaños, pues una actriz que no triunfa envejece más aprisa. Auria se creyó en el corazón del misterio. Lo palpaba todo. Se probó mantos y trajes. Él, sin decir nada, porque sabía que la desilusión desaparece casi siempre que se rompe el silencio, le ajustaba los pañuelos de color, las mantillas del sur, encendidas de rojos y amarillos, de violetas y oros, y la adornaba como a un ídolo con todas las nacaradas peinetas, los collares incompletos, los dijes de la suerte... Se quedó pasmada frete a un ramo de limones sevillanos, las hojas ya secas y el amarillo clarísimo, que daba alegría verlos.

De repente se fue como un sueño veloz, huyendo de la ilusión de aventura que la envolvía. Antes de dar la vuelta a la esquina, camino de la feria, miró hacia atrás rápidamente. El ilusionista, desde la puerta del corral, la contemplaba. Aún tenía sobre el brazo izquierdo un capote de torero.

Brillaba menos el sol, y el campo estaba envuelto en silencio, extrañamente callado, como si hubieran cortado de repente su monólogo. La rareza de Auria trascendió enseguida a las demás gentes. Toos atribuyeron su ensimismamiento a las emociones de la feria, que bien pronto se convirtieron en el único tema de la conversación. El abuelo estaba exaltado. Cuando volvía de alguna sorpresa o simplemente de un viaje cualquiera, siempre se exaltaba al conversar. Porque cuando volvía era sólo el viejo recuerdo lo que amaba y para hacerlo vivo, le prestaba violencia. Auria en cambio, regresaba sofocada por la presencia del milagro. A uno le emocionaba el milagro, la aventura, porque eran para él como una luz inesperada en el desván de los recuerdos, donde los olvidos de su vida dormían entre las penas, los trastos y las alegrías muertas, y por eso la maravilla presente no despertaba su asombro por sí misma, sino por los recuerdos de las maravillas de otras veces, que esta de ahora, hacía renacer, revivir, recordar. A ella, por el contrario, la hacía recién nacer, recién vivir y la despertaba el deseo. Él vivía del recuerdo, ella de la esperanza. Él quería volver, castigado por la aventura, ella quería ir, llegar allá, al final del deseo; quería olvidar, entregarse. No es extraño que al principio el abuelo no comprendiera nada, como le sucedía a los demás, pero cuando regresó de su pasado, cuando pudo olvidarse de que había recordado ya muchas ferias anteriores, le pareció que el brillo apasionado que se extendía por los ojos de Auria, debía parecerse al brillo de sus ojos cuando él también deseaba. Y por eso comprendió el callado lenguaje de Auria, retrasó su cabalgadura y cuando estuvo a la par dela nieta, le dio una palmada en el hombro, comprensiva y cariñosa.

-Puedes contármelo todo, que yo también fui joven...

Quien n haya tenido adolescencia, no comprenderá nunca cuanto duelen estas palabras sensatas y consoladoras, cuanta indignación causan a los corazones puros, arrebatados por el primer dolor, por la primera alegría de sufrir el deseo, que se cree único, inaugural, no parecido a otro ninguno, que se cree, en fin, el primero que xiste en el mundo.


Los de adentro debían estar acostados ya. Por la ventana que daba al oriente donde dormían sus padres, ya no salía la débil luz de aceite. La luna parecía más clara y aquella medianoche tenía la brillantez total de un mediodía radiante. Desde el Soto del Pinar, sobre el silencio del campo, los grillos ya callados, llegaba el canto del ku-kú, como campanadas en el corazón. Sobre la torre de la iglesia cercana maldecían las lechuzas. Serena la noche y cálida la brisa, todo recordaba la siega cercana y la llegada de la vendimia. Olía el aire a mies creciente y a limones. La rama que pendía sobre el vallado, ya sólo tenía un fruto. Cuando Auria descendió, lo apretaba en su mano y a ella le pareció que apretaba su corazón para que no latiese tanto.

Siete horas a paso de buey hay desde la casa de Pedralbe hasta la la Villa e la Condesa. Él, todavía no había marchado. Estaría allí, durmiendo en el carro. Sería horrible cruzar las sombras, que de noche son más temibles que habitaciones obscuras. Por eso se marchó a campo traviesa, para evitar encuentros, pues a veces sucede que se encuentra uno a las sombras, a los fantasmas de las personas que están en el mundo, sólo para espiar, para vigilar la felicidad de los demás. Sólo la alegría de irse le hizo soportar el miedo a la voz de los árboles, severa y familiar aquella noche. Este invierno hubo lobos... Quizás alguno se quedó en este monte, escondido, huyendo de las cacerías. Pensó que algunos mozos se disfrazaban de machos cabríos y al pie de los cruceros esperaban pareja.

Cuando llegó a la villa, arañada de espinas, dolida de cardos, sedienta, desgreñada, era ya una mujer. Hasta la voz era otra más grave y cálida, más encendida y sensual. En los balcones del Manco las golondrinas hacían milagros de vuelo y trinos. El corral estaba vacío, y sólo unos pedazos de papel de color, unas colillas de cigarrillos, y un sombrero imposible, delataban la anterior presencia del ilusionista. A Auria le pareció que habían desencantado el lugar.

El criado del manco, restregándose los ojos, le dijo que el ilusionista acababa de salir para El Figueiral.

La sangre le quemaba la piel y toda ella ardía de amor y de aventura. Ella misma se olía a limones, a limones distintos de aquellos de su huerto, grises y arrugados como senos marchitos. A limonero vivo del sur se olía, y no a limones ajados. Sin confesárselo pensaba en el ramo de limones claros que el ilusionista llevaba consigo, sin duda porque le reordaba algo. Serían de un limonar claro, bajo el cual se siente uno como la sombra de un ángel, y no aquel de Pedralbe, que estaba helado como el demonio, por dentro. Si fuese menos inocente, se confesaría que abandonaba su casa, huía del limonar, para poder pecar donde el pecado no fuese prohibido, pasase sin mancha como una ilusión, fuese claro, luminoso. Pecar en el huerto de Pedralbe era hundirse en el corazón del miedo, en un pozo de terror sordo. Ella quería un pecado que levantase, quela alzase hasta la alegría más alta.

Se alejaba de la Villa cuando se dio cuenta que llevaba las medias caídas, y que un hambre súbita le crecía en la garganta, donde la saliva, de los limones mordidos esa noche, le producía un frío cortante como de alfileres. Si él la viese así con las medias caídas, las rodillas sucias de haberse enterrado en los surcos durante la noche viajera y la cara cubierta de polvo...

Después de lavarse nerviosamente, casi desnuda, le pesaba más el sueño y el cansancio. Tuvo que realizar un gran esfuerzo para decidirse a continuar el camino. Apenas había comenzado a amanecer violentamente, con nubes rojas, cuando comenzó a llover. A esa hora en su casa había leche recién ordeñada, miel y manteca al lado del fuego. Recordó uno a uno los detalles de su casa mientras caminaba, pero no pensó que había en ese momento, en aquella casa, personas que apenas respiraban pasmadas por su desaparición. La aventura no deja nunca que nos acordemos de lo que puede impedirlo. Esa es quizá su fuerza más extraña y maravillosa su fatal condición.

Sobre las lomas veíanse las pastoras con su cayado alto, su saya parda, su corpiño de color, y la manta de trenzadillo que desde la cabeza llegaba a los pies como una choza de colores apagados. En los patatales, las yuntas de bueyes, rubios y mojados, seguían arando bajo las nubes cada vez más bajas, más cercanas a la tierra cada vez más negra.

El cartero de El Figueiral, cuando la subió a las grupas de su mula, junto a él, le dijo que nunca vio cosa tan mojada y que al llegar al pueblo debía tomar una copa de aguardiente y un tazón de leche. Como ella le dijese que nunca había estado en "El Figueiral" le contó como era la iglesia, el café principal y lo que había en los comercios. También le dijo que su mujer bebía mucho, pero que tenía un gran corazón. No sospechaba Auria que aquel hombre envuelto en un manferland, paseando bajo la lluvia por la carretera fuese ROberto. Sólo lo reconoció cuando sus ojos se encontraron con aquellos grises como los del gato de Pedralbe... El pelo de Roberto era también gris. Al reconocerla, sonrió del mismo mod que cuando recibió su visita en la casa del Manco.

El autobús que los llevaría a la capital pasaba al atardecer por la carretera de primer orden, que se encontraba en las cercanías del pueblo, a una hora de marcha. Sobre el carro del ilusionista, delante del toldo, un gran paraguas negro anticipaba la noche. Tenía un claro del que caía de vez en cuando una gota de agua fría sobre la frente de la muchacha, dormida, el cuerpo dentro del carro y la cabeza sobre las piernas del ilusionista. En la mano tenía un limón amarillo claro, y como cobertor el manto estrellado.

El ilusionista la miraba tristemente. En el cruce de carreteras, sobre la principal, dejaron el carro abandonado y un limón amarillo claro que tenía señal de dos mordiscos. Seguían cayendo la noche y la lluvia.

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