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Galicia espallada

Unha recolleita da cultura galega

Literatura, historia, arte, música, gastronomía, galeguismo, tradicións, lendas, costumes, emigración

Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

"Volvoreta"  

Wenceslao Fernández Florez

1917  (fragmentos)

 

Recogidos, apretados sus cuerpos, un poco inclinados bajo el reborde de la roca, veían los jóvenes llover, con esa alegría extraña que la lluvia produce cuando se presencia bajo la guarida segura. No hablaban. El espectáculo de un labriego que allí abajo abandonaba su labor, saltando sobre la húmeda tierra, para recogerse bajo un alpendre vecino, les hizo reír, gozosos. Y nuevamente enmudecieron, y del vasto espectáculo de la lluvia en el monte redujeron su mirar, un poco abstraídos, a la visión de cómo unos erizos de castaña, vacíos ya, tirados ante la roca, iban siendo limpiados de tierra por el golpear de las gotas, y cómo otros, con sus púas hacia abajo, iban llenando de agua la blancura de su concavidad.

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-No; el frío, no; pero la humedad, la humedad...

Casi gimió, con los ojos espantados:

-¡Un catarro viene tan pronto! ... ¡Y después!...

Hubo un silencio. Doña María miró al través de los cristales el cielo plomizo, cubierto por una sola nube inmóvil.

-Hace siete días que no hay sol...

Luego clavó sus ojos en las pálidas manos cruzadas:

-!Yo no sé qué hacer...; no sé que hacer!

Doña Rosa intervino con consuelos. ¿No era exagerado todo aquel temor?... Los niños no parecían estar mal; paliduchos y delgados, sí; pero la aldea se encargaría de darles colores y grasas. Allá estaban los hijos de los labriegos, semidesnudos, durmiendo en paja; mojados cuando llovía y quemándose con el sol; comiendo tan sólo borona y caldo de unto. Y tan fuertes y colorados. La aldea es salud. No había que tener preocupaciones extremas. Dios es bueno; aprieta, pero no ahoga. Y si Maruja tenía quince años ya, y Dios se había llevado a los otros a los dieciséis, ¿iba a suponerse que se había de repetir la desgracia?... ¿No era absurdo...?

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¡Tan guapa era, tan guapa!.... No podía haber ningunos labios que tuviesen aquel sabor; ni ningún cuerpo, aquel suave olor a romero y aquella gallardía, aquellas líneas, aquella tersura; ni ninguna cabellera el suave tono de color de miel, tan justo, tan bello... Una vez había visto todos esos encantos cuando la luna entraba por el tragaluz y llenaba el lecho con su dulce voz azulada. Volvoreta sólo protestó cuando el frío mordió en sus duras carnes, puestas al descubierto. Aquella visión turbaba siempre con su recuerdo al enamorado. ¡Tan guapa, tan bien hecha!... Ni la hija de los Acevedos, que a veces llagaba a la playa toda vestida de blanco, en un bote, desde el otro lado de la ría, remando como un varón, ni ninguna señorita de la ciudad podía ser comparada con ella. Pensaba a veces que aquella broma suya de que un príncipe la había abandonado en una choza al pasar por Dumbría podía ser una adivinación.

No se atrevió a reñir al día siguiente, ya templado su rencor. El agua del río amorataba las manos de Volvoreta, y él la contemplaba serio y meditativo, con cierta piedad. Pero una pregunta iba barrenando obstáculos dentro de su alma para formularse. Cuando ella terminó y tendió la blancura de las ropas sobre los tojos vecinos, para que el viento, ya que no el sol, las secase, rogó él:

-Siéntate un poco.

-Pueden venir.

Entonces Sergio se puso en pie y miró en torno. En un prado vecino, un rapazuelo de siete años, gravemente enfundado en un traje de hombre, apoyado en una larga vara de fresno, vigilaba el pacer de unas vacas. Sergio le gritó:

-¡Ei Santiaguiño!

El rapaz berreó, sin moverse:

-¿Qué quer?

-Avisa si viene alguien, home, que he de darte un pitillo.

-Bien está, sí, señor.

Se sentaron. El tránsito del agua por el cauce pedregoso llenaba todo el aire de un rumor. Callaron unos instantes. Sergio inquirió, al fin, sin mirarla:

-¿Me has de decir lo que te pregunte?

Ella le contempló, sorprendida.

-Diré.

Hubo otra pausa. Él arrancó unas hierbecillas.

-¿Quién fue el primero?

Sonrió la moza.

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En las romerías la buscaba para bailar, pero ella le huía; quería libertad para divertirse. Una vez habían ido a una palillada; era en casa distante, donde las mozas se reunían para hacer sobre sus almohadillas, moviendo rápidamente los palillos de boj, con un constante ruido, el encaje de Camariñas, que después vendían a los exportadores.

-¡Reímos bien! Al volver, él quería acompañarme; pero yo me escapé. Era ya muy tarde. Había que pasar un monte para llegar a mi casa. En el monte me alcanzó.

-¿Y fue entonces...?

-Fue.

Sergio censuró, malhumorado:

-Porque tú quisiste.

-¿Y yo que iba a hacer?... En un monte, fíjate....La vivienda más próxima, a un cuarto de legua...Ni gritar valdría.

-¡Ah!-exclamó él, sorprendido y colérico-. ¿Tampoco gritaste?

Y Volvoreta, sin bajar los ojos y como si apelase con su tono al buen sentido del enamorado:

-Ya ves...

.......................

Las montañas de la opuesta orilla iban sumergiéndose lentamente en sombras. La eterna y vieja belleza del crepúsculo, suavemente tamizado por las nubes,  se mostraba un día más con su sencillez inmutable. Y los humildes hombres de la playa caminaron hacia su embarcación. El hijo del abogado saludó, riente. Y Sergio pensó en lo extraño de aquella risa, cuando entre las aguas que iba a surcar el mozo vagaba aún el hinchado cadáver del padre, esperando ser arrojado un día a cualquier playa, sin ojos, con los labios comidos por los cangrejos, con el vientre deforme...Sin embargo, era así y debía ser así...

En aquella hora de paz, atalayando los montes y el mar y la curva línea de la gándara, imbuido por la gigantesca solemnidad de las cosas, Sergio tuvo un atisbo de comprensión: comprendió la pequeñez del cadáver marinero, invisible, perdido entre las aguas con la misma indiferencia que el del delfín; comprendió la naturalidad del amor...¿Por qué torturarse complicándolo con morbosidades? Para la muerte y para el amor, para las miserias que creemos grandezas, la Naturaleza tiene el mismo gesto dulce, la misma mirada candorosa de Volvoreta, la misma misteriosa tranquilidad.

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El día primero de todos los años don Manuel Souto reunía en su pazo a las familias señoriales de los alrededores y celebraba su fiesta con un almuerzo. Don Manuel Souto era el segundón de una casa distinguida, que había emigrado a Cuba casi en la niñez y que había hecho allí, tras veinte años de trabajo en un almacén de ropa blanca, una fortunita codiciable.

Entonces compró un billete de primera en el más ostentoso vapor de lujo que salió de La Habana después de la fecha en que liquidó sus asuntos, y desembarcó en La Coruña, seco, como si toda la humedad de su organismo la hubiese sudado en aquellos cuatro lustros de colores tórridos, con el estómago averiado, hundidas las sienes, bailándole las canillas dentro de un blanco pantalón y oculta la precoz calva bajo un jipi de quinientas pesetas. Su familia se había ido extinguiendo. La casa de la gándara (un viejo y enorme edificio de piedra, de esos que los antiguos señores hacían alzar estratégicamente como centro para el cobro de las rentas forales) estaba casi derruida. Él la reconstruyó confortablemente. Mientras las obras se realizaban, vivía en la capital, donde su pesada cadena de oro y los puros con su retrato en la anilla le habían dado su reputación y consecuentemente una consideración de hombre riquísimo.

.......................

-¿Qué pediste a los Reyes, Santiaguiño?

-¡Je!...

A Santiaguiño se le escapa una risita socarrona y mira de soslayo las rodillas de sus compañeros, que están a la altura de su pequeña nariz, enrojecida por el frío. Santiaguiño no cree en los Reyes. En las morenas casitas aldeanas, los pequeñuelos no esperan la visita de los Magos dadivosos. Los pequeñuelos han reunido el ganado al anochecer; sonaron sus vocecitas agudas, espoleadoras de las reses tardas, de los bueyes solemnes de paso perezoso, que van arrojando dos conos de humo por sus narices contra el húmedo suelo; de los locos rebaños asustadizos, del caballejo que huyó relinchando, moviendo entre los tojos las trabadas piernas peludas... Después, ya en casa, el niño se durmió sin esa quietud, sin esa ansia, sin esa noción de cercanía de lo sobrenatural que en esa edad y en esa fecha a todos nos ha rozado. No hay fantasía en las almas de los pequeños campesinos. La severa madre tierra, buena y grave, sincera, educadora, no deja crecer las alas de ese pájaro de colorines que no sabe más que cantar. ¡Cómo va a pensar en los Reyes Santiaguiño!... Santiaguiño oirá, desde su cama dura, cómo pasan cantando los de Carballo, o los de Piñar, o los de la Cruz de Souto, y pensará que cuando él sea tan crecido como el señor Mingo, o el señor Chinto, o el señor Antón, podrá aspirar a que su amo no se niegue a pagarle los jornales.

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Después lo encañonaron. ¡Pum! ¡Pum! ¡Zaz! ¡Plim!... Cuatro tiros. Enloquecían. Si en lugar de dos cartuchos tuviesen veinte en cada escopeta hubiesen continuado hasta acabar. Cuando miraron, el conejo estaba en el mismo lugar en que lo habían divisado al principio. Vociferaron entonces como energúmenos:

-¡Hurra!

-¡Cayó! ¡Cayó!

Y corrieron hacia él, embriagados de alegría.

Muerta estaba, en verdad, la pieza. Pero su muerte era remota. Un sutil lazo de alambre unido a una estaquita le rodeaba el cuello. En la parte que descansaba en la tierra, su cuerpo se había hecho plano; corrían las hormigas por él; un ojo había desaparecido por completo. Podía hacer un día o dos que el animal había exhalado el último suspiro.

-¡Qué lastima!-gruñó don Ismael.

Y añadió vacilante.

-Si a ustede le parece..., nos lo llevaremos...para no ir así, de vacío.

Cuando bajaron a Aranjuez ya era de noche. Brillaban los farolillos de la estación-rojos, verdes, blancos-como una verbena. Una muchedumbre de pescadores y de devotos de la cetrería -todo el gentío que por la mañana había salido de Madrid para asolar los montes y despoblar el Tajo- asaltó el convoy. Don Ismael, ya en el coche, colocó el conejo bien a la vista; un pescador colgó, próxima a él, la red con el botín ganado. En la red había hasta una docena de sardinas. Aquel vecino, genial desconocedor de la ictiología, trataba de encubrir su fracaso y había adquirido en Aranjuez los primeros pescados que le ofrecieron. ¡Gentes felices con sus inocentes patrañas!...

Pero he aquí que ya en marcha el tren, comienza a difundirse en el vagón un olor sospechoso; se acentúa, se hace más y más intolerable...Rodeiro y su amigo comprenden y palidecen al mirarse. ¡Maldito conejo!...

.......................

-Pero, hombre, ¡no gustarle la caza...! Aunque no sea más que por admirar el trabajo de los perros...Mire usted que un buen perro, parándose...

Iba a perderse en una descripción; pero le interrumpió a gritos Rodeiro:

-¡Alto!...No siga usted. ¿Cómo voy yo a admirar a los canes? Entonces, ¿usted conoce mis ideas? Todo lo que se dice acerca del perro es literatura, nada más que literatura. Eso de que es "el amigo del hombre"...,"el más fiel compañero", ¡literatura! El perro es un animal de tendencias retrógradas; el perro llega a tener el concepto de la propiedad; defiende a ladridos y a dentelladas la hacienda del amo; es individualista; un instinto especial le hace abominar de los pobres; hasta los canes de los ciegos, que debían conocer la humildad, enseñan los dientes a los transeúntes. Además, tiene antipatías voluntariosas. Yo no puedo pasar delante de la taberna de Miñoca sin que su perro se lance contra mí. Le digo a usted, señor cura, que cuando los hombres tengan sentido común, en vez de llamar amigo suyo al perro, lo constituirán en símbolo de la burguesía.

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Y exaltadamente, quemando con su aliento fétido la cara de su interlocutor, expuso el plan terrible. El régimen, herido en la persona de su más alto representante, España, libre y feliz, la democracia triunfando. Invitó a Prego a considerar el espectáculo de una larga hilera de frailes y monjas marchando hacia las fronteras, diligentes y numerosos como hormigas que huyesen de su hormiguero inundado... Las catedrales convertidas en escuelas, el pan libre, disuelta la Guardia Civil y un Gobierno de amor y de concordia asentándose sobre estas sólidas bases.

El periodista reflexionaba sombríamente.

-¿Cuánto dinero necesita usted?

Poca cosa. Con mil pesetas, el más rotundo de los éxitos estaba asegurado. Prego gimió, invadido por el desaliento:

-¡Mil pesetas!...Es una enorme cantidad...Nunca podríamos encontrar mil pesetas.

Sepultó su rostro entre las manos para meditar. Inclinado sobre él, como un rubio y gordo Satán que tentase su alma, el hombre de Matusinhos fue rebajando poco a poco la cifra.

Wenceslao Fernández Florez

Fue uno de los novelistas más populares de España en el primer tercio del siglo XX, así como un gran cronista parlamentario. Nació en A Coruña en 1885 y falleció en el año 1964.

Wenceslao Fernández FlórezLa muerte de su padre cuando tenía quince años motivó el que tuviese que abandonar sus estudios y dedicarse al periodismo. Su primer contacto con el mismo fue con el diario coruñés La Mañana que se editaba en la Plaza de María Pita.

Posteriormente colaboró en El Heraldo de Galicia. Luego pasó al Diario de La Coruña y después a Tierra Gallega.

A los 18 años le confiaron la dirección del Diario Ferrolano. Después de estar algún tiempo en este diario regresó a La Coruña entrando en la dirección de El Noroeste.

A comienzos del año 1914 se trasladó a Madrid como empleado en la Dirección General de Aduanas, cargo que pronto abandonó.

Su primer salto importante fue el diario El Imparcial , pasando poco tiempo después a trabajar en ABC, dando inicio la sección que se titularía "Acotaciones de un oyente", que son un glosario de las sesiones de Cortes.

Fernández Flórez ha publicado cerca de cuarenta novelas y narraciones breves. Su obra muestra un intenso sentimiento del paisaje y de la tierra gallega, así como un acendrado lirismo. Su primera obra extensa fue La procesión de los días. Después publicó "Volvoreta", con la que consiguió el premio del Círculo de Bellas Artes. Como obra más significativa destacan "El secreto de Barba Azul", "Las siete columnas" y "El Bosque Animado".

Sus novelas fueron llevadas al cine en numerosas ocasiones: Unos pasos de mujer, Huella de luz, El bosque Animado, etc.

El Ayuntamiento coruñés le hizo entrega en 1950 el título de Hijo predilecto y ensalzó su memoria dando su nombre a una calle de la ciudad , en la zona de Juan Flórez.