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Galicia espallada

Unha recolleita da cultura galega

Literatura, historia, arte, música, gastronomía, galeguismo, tradicións, lendas, costumes, emigración

Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

Rosalía de Castro - Escolma - Ruinas



 Rosalía de Castro"Ruinas", 1866 

Rosalía 

de

Castro

   

 

No voy a hablar de las ruinas de Roma, que no he visto, y que quisiera ver, ni de las de Pompeya, o Herculano, con que he soñado muchas veces, vengándose así mi imaginación de la mala suerte, que no me ha permitido contemplarlas realmente.

 

Pero aunque así no fuera, ¿qué iría yo a decir sobre esos antiguos y majestuosos restos, después que nos los han descrito con el lenguaje de la más bella poesía tantos genios ilustres?

 

También existen ruinas vivientes, que arrastran en pos de sí un mundo de gloriosos y tristes recuerdos y que aparecen tan aisladas en medio de los hombres nuevos como si bogasen sobre las olas misteriosas de mares desconocidos o habitasen en medio de los yermos de la Tebaida.


Respirando una atmósfera propia que parece rodearles, como una muralla impenetrable a los ojos profanos, habitan un mundo ignorado de todos, y mientras las modernas gentes se ríen de su apariencia carcomida y haraposa, y de aquellos usos ya perdidos que ellas guardan cuidadosamente como un precioso tesoro; mientras las personas sensatas y cuerdas murmuran, sin duda con intención moralizadora, de las rarezas y excentricidades de esos entes que viene a mezclarse entre ellas como una tela sucia entre sus ropas domingueras, esas pobres ruinas vivientes siguen imperturbables su marcha por el derrotero de la vida, dejando, aun después que se han extinguido, un eterno recuerdo que, si bien hace asomar comúnmente una sonrisa a los labios, conserva en el fondo algo que conmueve dolorosamente el corazón. Yo voy a hablar de alguna de estas ruinas.

En cierta pequeña, pero hermosísima villa, en la cual desde tiempos antidiluvianos la gentes es de genio; en aquella villa, en donde el que allí vegeta es siempre bautizado con la sangre de su propio martirio, y cuya raza primitiva, a juzgar por su característica y singular audacia, que no hubiera desdeñado para alguno de sus golpes de mano el mismo Napoleón Bonaparte, debe ser diferente, a no dudarlo, del resto de la provincia, allí existían a principios de este siglo varias ruinas vivientes que vagaban por entre aquella atmósfera densa y caliginosa, como astros errantes y perdidos lejos de su órbita.


La primera de estas ruinas era una anciana y solterona señora, rama caída de una casa ilustre a quien las adversidades y la mudanza de los tiempos habían dejado únicamente el recuerdo de sus glorias, sus piedras de armas y las pocas fanegas de tierra que pueden constituir apenas un vínculo mezquino.


Percibía la noble dama por los alimentos que la correspondían cuarenta y un reales al mes, una taza de manteca al año, una gallina y un ferrado de lentejas. Ella hubiera podido vivir cómodamente al lado de su hermano mayor, heredero principal, que tenía un buen sueldo por el Ejército, y que le ofrecía con una bondad y cariño paternales un lugar preferente en su casa. Pero la noble señora profesaba ciertas ideas de independencia individual que nadie hubiera podido modificar, y que, en honor de la verdad, conceptuaba amenazadas al lado de una cuñada y varios sobrinos, por lo cual rehusó heroicamente, aunque cariñosa y agradecida, la hospitalidad con que se le brindaba, prefiriendo su taza de manteca, su gallina, sus cuarenta y un reales al mes y su ferrado de lentejas.


De este modo, sola y a sus anchas, vivía en amable concordia con un enorme gato verdaderamente aristocrático, gordo, inteligente, pulido, de pelo brillante, de grandes ojazos amarillos, de larga cola y que se llamaba Florindo.

 

Era Montenegro, el mismo que miró para la ventana sin conocer a sus amigos. La multitud le siguió, gritando: «¡Está loco! ¡Está loco!» Y doña Isabel, tornándose pálida como la muerte, dijo a don Braulio:


-Amigo mío, vaya usted a atender a esa infeliz criatura... A mí me es imposible dar un paso.


-Señora -le respondió el comerciante-, nuestro desgraciado amigo ya no tiene remedio; pero usted está muy enferma, y no debo abandonarla antes de haberla auxiliado. No tome usted tan a pecho las cosas, que en este mundo ya es sabido que las felicidades son contadas.


-Don Braulio, no es sólo este suceso el que me daña. Yo estaba más vieja de lo que creía, y la mojadura de ayer habrá contribuido también a desmoronar por completo este edificio, ruinoso ya, a pesar de su apariencia fuerte todavía. Don Braulio, tráigame usted un confesor al momento, por lo que pueda ocurrir... Mi cabeza no está bien y...-Pero qué, señora -exclamó don Braulio con voz entrecortada-, ¿iré a perder mis dos únicos amigos en un día?-Francamente, mi buen don Braulio, me siento morir. ¡No sé qué nube cubre mi corazón!-Señora-volvió a exclamar don Braulio, casi sin saber lo que decía-, ¡no se muera usted, por el amor de Dios! Usted, a quien yo estimo y quiero como a una hermana..., como la señora más cabal que haya nacido.


-El Señor me llama... Acuérdese usted de mí en sus oraciones, y también de que le he profesado mi mayor estimación. Usted merece la de todo el mundo... ¡Y Florindo, pobrecillo!... ¡Ven aquí, animalito!... Tu ama te va a dejar...

 

El animal saltó al regazo de la anciana y maulló cariñosamente, mirándola con sus grandes ojazos, como si quisiese comprender lo que le decía. Pero doña Isabel, echándose de repente hacia atrás en su silla, exclamó con voz fuerte:


-Jesús!... Un confesor.. Dios me val...


No acabó la última palabra, porque había muerto.Don Braulio, estupefacto y casi sin movimiento, la contemplaba mudo, sin creer en lo que veía, y así permaneció algún tiempo, mientras el gato, poniendo sus patas delanteras en el pecho de la que fuera su ama, maullaba tristemente, oliéndole el rostro con inquietud.

 

Don Braulio, despertando al fin de su aturdimiento, salió a disponer un  suntuoso entierro a su cariñosa amiga. Y cuando volvieron al lado del cadáver vieron que el gato no la había abandonado. La anciana tenía razón. Aquel pobre animal siguió el cuerpo inanimado de su dueña hasta el cementerio, encontrándosele muerto al tercer día sobre un pañuelo de la difunta, en el pequeño cuarto en donde aquélla había lanzado su último suspiro, mientras las bailadoras de vals decían, al son de la música:-Descanse en paz doña Isabel, pues que ya ha pasado el tiempo 
de los minuets.


Montenegro anduvo errante largo tiempo de ciudad en ciudad, descalzo y desnudo, diciendo que iba a evacuar sus negocios que pronto ganaría su pleito, y que necesitaba viajar de una parte en otra para que sus defensores no se durmiesen. En vano el buen comerciante procuró encerrarle y mitigar su mal de este modo, impidiendo que se estropease por los caminos, pues se despedazaba el cuerpo contra las paredes de su encierro, y maltrataba a quien intentaba detenerlo, no haciendo, por el contrario, mal alguno si le dejaban libre.


Un día le hallaron muerto en medio de un camino real, con los pies casi despedazados, el pecho hinchado y la boca llena de espumosa sangre. Una fuente, en la cual había apagado por última vez su sed mortal, murmuraba tranquilamente a algunos pasos, mientras zumbaban multitud de insectos en torno del abandonado cadáver. Ya no se hubiera reconocido en él al flaco y rubio caballero que cuidaba tanto de sus cabellos y de su dorada barba: una y otro habían desaparecido. 


Él había esparcido por los caminos aquellas galas, que le habían consolado en su indigencia, arrancándolas con sus propias manos, y diciendo que eran oro. Así, cuando veía algún pobre, cogía sin compasión un puñado de sus dorados cabellos y se los arrojaba, diciendo:


-Ahí tienes oro; sé feliz. La sajonesilla, mi amiga, me ha dado bastante para que pueda repartir con vosotros.
Generalmente andaba diez y doce leguas por día; en cada fuente que encontraba al paso bebía siempre, y al pie de una fuente exhaló el último suspiro, después de haber andado por espacio de veinte horas sin parar. La muerte vino a ser el descanso de tan larga jornada.


La muñeca de ojitos de cristal y tinta de china se casó con otro hidalgo, que sólo lo era en nombre, y acostumbraba a decir, doquiera se encontrase (como no fuese en su pueblo), que cierto noble caballero se había vuelto loco por ella.


Don Braulio no dio más convites; pero hizo felices a muchos desgraciados, entre ellos la madre de Montenegro, a quien nada le faltó en el resto de su vida.


Ésta fue la única persona a quien visitó en recuerdo de los dos únicos amigos que le habían sido fieles en el mundo. Hizo hasta el fin de sus días, que fueron largos, una guerra declarada a los tacaños y a los  avaros, y antes de morir dejó escrito su epitafio, que decía así: 


MALDIGO A LOS LADRONES DEL POBRE
QUE LLEGUEN A PROFANAR MI TUMBA
AQUÍ REPOSA
UN HOMBRE QUE NO EN VANO HA ESPERADO EN DIOS

Sólo nos resta decir que estos tres tipos que hemos descrito son verdaderos, y personas existen todavía que los han conocido. Nosotros no hemos tenido esa dicha; pero les conservaremos siempre un eterno recuerdo. Quizás con alguno de ellos no hagamos más que cumplir en esto con un deber que nos imponen nuestros nobles y dignos antepasados.


 

Escolma

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