Galicia espallada

Unha recolleita da cultura galega

Literatura, historia, arte, música, gastronomía, galeguismo, tradicións, lendas, costumes, emigración

Á memoria de Manuela Viaño (1929-2013)

Banquete democrático de Conxo

Escolma del libro " Política y Sociedad en Galicia" de Manuel Murguía


AURELIO AGUIRRE

Su influencia política no se limitaba tan solamente a la clase obrera de Santiago; pasaba más allá y se dejaba sentir con igual intensidad entre los jóvenes que poblaban los claustros universitarios. Gracias a su cualidad de estudiante y, sobre todo, a su condición de poeta, gozaba sobre sus compañeros y amigos un cierto influjo y preponderancia que no le sentaban mal y honraban sobremanera a una juventud que así se rendía a la superioridad de la inteligencia. Por eso le fue fácil unir en un solo sentimiento y en un solo amor lo que era objeto de sus más graves preocupaciones, organizando a quel famoso Banquete de Conjo, que tan gran notoriedad le atrajo y tanta importancia le dio a su hora, sin que él se apercibiera de ello, por más que también se haya concitado las iras de sus émulos. En cambio, sus amigos vieron entonces que si el poeta no carecía de ideales, andaba más que ignorante de lo que son los partidos, lo que piden de un adepto y de los que a ellos debe pedirse a su vez. Como en aquellas leyendas en que el hombre que da el alma al diablo se ve obligado a firmar el pacto con su propia sangre, así el hombre de partido. Quien a ellos se vende, renueva el pacto infernal y lo escribe, pudiera decirse, con lo que hay de más puro en su corazón, quedando desde aquel momento entregado al demonio de las ambiciones y al castigo del propio empequeñecimiento.

En la política hay que entrar con vida y alma: es como el amor, no consiente dos dueños, y nuestro Aguirre no hizo en la memorable tarde del 2 de marzo acto de hombre de partido, que todo lo mide por la utilidad real y positiva que reporta a la causa que defiende. Los que ordenaron que en aquella ocasión los soldados cubriesen las avenidas del bosque y del convento; los que temieron que se hiciese allí algo más que comer, leer versos y entonar canciones patrióticas, estaban bien poco acostumbrados a semejantes manifestaciones y hacían demasiado honor a los que iniciaron la cosa y la lle,varon a cabo. No acertaron a ver -tan ciegos son siempre los intereses amenazados- que el pensamiento que guiaba a aquellas gentes era, como hijo del corazón de poetas, más fraternal que otra cosa. Que en la mesa y al lado de cada estudiante se sentara un artesano, y que en un momento dado se abrazasen en prueba de hermandad, nada significaba. Que al desfilar lo hiciesen cogidos del brazo un artesano y un estudiante, tampoco. Cierto que los versos de Pondal y los de Aguirre decían lo necesario, y aun algo más; pero ¡ay!, las musas no sirvieron nunca para hacer programas políticos. La obra de aquel día tuvo, es cierto, su resonancia y fue como un destello, pero su influencia en la vida del país hubo de ser tan escasa que más se le recuerda por lo que de él se dice, que por lo que de él queda. Por sus procedimientos revelaba la infancia de los partidos liberales: por sus consecuencias también.

En cambio, sus efectos inmediatos fueron de turbación para mi amigo, pues habiendo en su brindis llamado a Jesús, «hijo de un modesto carpintero», no se necesitó más para que el cielo cayese sobre él. La herejía era manifiesta y brotaba sangre: en una ciudad episcopal debía hacer ruido y andar su camino. Se comentó el verso, se le hizo objeto de violentas discusiones y hasta se recordó con tal motivo el famoso folleto del obispo de Autun. Las gentes se apasionaron; por una parte y por otra se enardecieron los ánimos, y lo que no lograron estudiantes y artesanos, lo consiguió un pobre verso, más bien hijo de la necesidad de la rima y de la rapidez de la improvisación, que de las creencias del poeta. El conflicto era evidente, los buenos compostelanos casi se conmovieron, y el prelado comprendió la necesidad de poner término a la cuestión, llamando al poeta, advirtiéndole del error en que había caído y arrancándole una retractación que dejase las cosas tal como se hallaban antes del 2 de marzo. A no ser así, ¿qué se diría? Aurelio acudió a la cita; mas al entrar en el Palacio tropezó con el secretario, también de piel de obispo, y a las primeras palabras que cambiaron la cuestión tomó un giro tan desagradable, que a poco compromete la obra de conciliación intentada. En presencia de aquel joven, que por lo desmedrado y enfermizo parecía más niño de lo que era en realidad, creyó el buen dominico que los nrgumentos estaban de más y que los gritos no estorbaban. Encerróse con él en un aposento y estuvo muy a punto de tratarle como dómine irritado. El a fustibus et arguendis de las escuelas le parecían más del caso, que no discutir con un muchacho que a leguas se veía que en cuestiones teológicas era imperito. ¿Qué efecto habían de hacer en su ánimo argumentos sacados de los libros del Angel de las escuelas? Para Aguirre el mejor teólogo del mundo era Lamennais; Las palabras de un creyente el más profundo de los libros rcligiosos. ¿Famosa controversia la que él podía sostener con un discípulo de Santo Tomás!

La oportuna intervención del prelado puso fin a la escena. Era el obispo aquél, ya que no un grande 'nombre, al menos un buen corazón. Comprendió de golpe lo que había de infantil en el fondo del asunto, y ganado de la simpatía, trató seriamente de atraerse al poeta, de convertirle y arrancarle una proresión de fe. Bien fácil era por cierto, si en cuenta se tiene que Aurelio se hallaba a la sazón escribiendo un poema sobre el Via Crucis, y aun no religiosas. Veinte días después del banquete publicaba su poesía A mis calumniadores, y en ella se nacían hartas concesiones a las ideas que combatía y se borraba más de una afirmación que era forzoso mantuviese. En cambio se cerraron los ojos ante aquellos versos:


Pura la religión guardo en mi pecho

 Del hombre justo que murió en la cruz,

y todo volvió a su habitual silencio en la ciudad que, 

según él, «no es, ni será nunca, 

más que un monótono cementerio de vivos».





EDUARDO PONDAL

Aguirre y Pondal no fueron tan sólo los jefes del movimiento literario de su tiempo, sino también los partidarios de una idea política y sus entusiastas propagadores. La cosa no era nueva ni dejaba de estar en la tradición de una juventud, Eduardo Pondal que en los momentos de peligro se agrupa alrededor de la bandera acribillada a balazos y guardada bajo el techo de la Universidad, cuyas florias simboliza. 

En todo tiempo el claustro compostelano fue por entero político, siquiera predominen en su seno los viejos sentimientos y las antiguas tradiciones. A pesar de eso, el movimiento democrático que se ¡niciaba en sus rasgos no alcanzaba en prestigio ni importancia al que había logrado por primera y única vez el renacimiento poético. 

Todo el talento de sus promovedores, todo el entusiasmo de los nuevos tribunos se perdía ante la frialdad burguesa de los santiagueses. Sus predicaciones fueron ineficaces. Los hechos enseñaron bien pronto a los que creían otra cosa, que la provincia había perdido por completo su importancia política; que habían pasado los tiempos en que, para arriesgarse, Madrid esperaba con impaciencia los correos de Cataluña y Galicia, de Andalucía y Aragón.

Eran ya otros tiempos; la centralización había dado sus frutos; la corte recibía los hombres de provincia, pero no los devolvía; la supremacía política de las ámaras era un hecho tristísimo. Bastaba, pues, bombardearlas y rendirlas para que la nación se diese por vencida.

¿Qué importaban por lo tanto discursos y banquetes? ¿Qué los versos revolucionarios recitados bajo las frondas de robles seculares a cien leguas de la capital? ¿Qué plantar el árbol de la libertad y cubrirlo de guirnaldas que duran un día? ¿Qué conquistar las voluntades de hombres sin fusil y sin voto? ¿Qué, en fin, la estéril agitación provocada en el recinto de una ciudad hostil? Podían en verdad los demagogos de entonces anunciar la nueva era en el ágape patriótico, que presidían los poetas -a quienes por esta vez los Platón del momento dejaban el puesto de honor y la gloria infructífera- sin que cielo ni tierra se conmoviesen por ello, ni los hábiles y poderosos dejasen de hacer su digestión. ¡Harto se sabía que aquellas flechas no tenían punta'

Sin embargo -tan recelosos son los intereses amenazados- hubo hombres que se ausentaron de las fugaces llamaradas y les dieron una importancia que no tenían ni para los adeptos, por más que unos y otros comprendiesen al fin que asistían al advenimiento de la democracia a la vida política del país gallego.

Fue en una hermosa mañana y bajo los árboles que brotaban, cuando se reunieron y sentaron a la mesa los jóvenes a quienes animaba la nueva idea y que creían en sus milagros. Todo era allí, como si dijéramos, primaveral, y venía a la vida. La misma musa que debía hacer sagrado aquel día y aquel acto, era nueva y se dejaba oír por primera vez. A su alrededor no había viejo más que el monasterio que tenían a su espalda, como un testigo del pasado que se hundía y dejaban detrás los alegres convivas. Realizóse entonces el milagro de que en aquella ciudad muerta, y a la voz de dos niños, se levantase el proletariado, eterno Lázaro, que rompiendo las losas del sepulcro y despojándose de su blanca mortaja, respiraba al fin con todos sus pulmones el aire de libertad que pasaba lleno de perfumes, bajo las ramas que los cubrían y sobre las corrientes del río que les enviaban sus frescas emanaciones.

¡Fiesta inolvidable que recuerdan como un dulce sueño cuantos asistieron a ella!

Y sin embargo, suprimid en aquel banquete los versos de Pondal y de Aguirre, olvidad que allí se manifestaron dos poetas, y nadie los recordaría, a pesar de sus abrazos, de las canciones y de las esperinzas que a todos animaban. Estarían en aquellas sombras en que se sepultaron otros de mayor alcance Y. trascendencia. ¡Oh posteridad! ¡Vengadora Némesis, cuán bien hacen los que a ti apelan de la ingratitud y desvíos de su tiempo! ¡Qué poco tarda tu justicia! ¿En dónde están los notables de aquel día? ¿Cuánto duró su obra? ¡Nada! Fue efímera y estéril como ellos lo fueron.


"YA ROMPE NUESTRA AURORA Y CENTELLEA" dijo Pondal en tan solemne ocasión, con profético acento, aunque ignorando que no era aquella la aurora de la democracia, sino la de un nuevo día; el del poeta por completo al servicio de la patria gallega. Bajo aquellas frondosas alamedas, más verdes y más risueñas que las del viejo Parnaso, la nueva musa se desposó con su pueblo, ciñéndose su primera corona. Porque pasaron los años y los sucesos y hasta los hombres, y empezó a comprenderse que había que intentar en Galicia algo más noble y trascendental que proclamar una idea y levantar una clase: que había que formar una patria.

Tal era al menos lo que proclamaban unos cuantos ausentes que, repitiendo los enérgicos apóstrofes del poeta húngaro: por nonadas nos desgarramos como perros por los desperdicios, sin apercibirnos que los leones están sobre nosotros, levantaban una nueva bandera y se disponían a defenderla en todos los combates. Este país que duerme inmóvil en un rincón de la tierra, ajeno a cuanto conmueve a los demás pueblos, merecía por cierto que otros rumores más que los del Océano, que le ciñe y limita, turbasen su paz eterna.